César Montúfar

El Estado predatorio

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El nuevo Impuesto a la Herencia ha puesto en debate el carácter del modelo político y económico del correísmo; la pregunta de cuál es el modelo de Estado que se ha construido en el Ecuador los últimos ocho años, que solo en las últimas semanas ha tenido necesidad de eliminar el aporte estatal a las jubilaciones de los afiliados, que forzó al Biess a apropiarse de las cesantías de los maestros y otros sectores; un Estado, queda claro, cuya lógica no es la de trabajar para los ciudadanos, sino al revés.

Desde 2007, el peso del Estado como porcentaje del PIB ha crecido del 22% al 44%; se duplicó. Así, el Presupuesto estatal, el gasto corriente, las inversiones estatales y, con ellas, el número, la variedad y el ámbito de acción de las empresas públicas, se han multiplicado. Todo ello, acompañado de un crecimiento descomunal de la burocracia y de los campos en la que esta interviene. Relacionado al tamaño de su población y economía, hoy el Ecuador tiene uno de los estados más pesados de la región, el mismo que solo puede financiarse explotando, sin misericordia ambiental, su gallina de huevos de oro (me refiero a la explotación petrolera), apropiándose progresivamente de la mayor fuente de ahorro de la sociedad, léase la seguridad social; con más deuda pública; y mediante una creciente, continua, asfixiante e ilimitada extracción tributaria.

El modelo solo puede pagarse si se apropia de toda la riqueza que produce la sociedad. Estamos frente a un Estado insaciable, que crece y se extiende sin límites ni control. Es un Estado predatorio que invade, esquilma, succiona y ahoga todo ámbito de lo privado; su razón de ser no es servir a la sociedad, sino reproducirse y crecer como un fin en sí mismo. En el Ecuador del presente lo privado está acorralado: ONG controladas, medios perseguidos, universidades sobre reguladas, la inversión privada en caída constante. Solo hay aire para que crezca lo estatal.

Este modelo de Estado es capaz de pavimentar y repavimentar el país varias veces. Puede reconstruir cientos de edificios para la administración pública y emprender monumentales obras de infraestructura sobredimensionadas para nuestras necesidades. Este modelo, por supuesto, regala muchos subsidios; genera mucho empleo público; paga millones en contratos y consultorías; da pábulo para una desenfrenada corrupción, y, como corolario, funciona a base de la arbitrariedad que ejerce la casta gobernante. En sus momentos de vacas gordas, puede incluso sostener niveles aceptables de crecimiento económico (que nuestros vecinos superaron sin tan pesada inversión pública), burbujas de consumo para las clases medias, reducir la pobreza y la desigualdad. Todo aquello ha ocurrido en el Ecuador en los ocho últimos años. El problema es la sociedad rentista y dependiente del Estado que se engendra; el problema es que un Estado predatorio es incompatible con la democracia, los derechos y las libertades. El problema es que cuando sobreviene la crisis, solo puede sobrevivir chupando a los ciudadanos hasta la última gota. Lo de las herencias es solo un botón. Nuestro Estado predatorio va por todo.