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A inicios de octubre regresé de un viaje por el Viejo Continente. Es siempre motivador conocer nuevos y antiguos museos, sitios arqueológicos, pueblos y ciudades llenos de cultura, historia y colorido, y alejarnos en algo –con la Internet no hay como del todo- de los penosos avatares políticos del rico y hermoso país en el cual vivimos.

En esos días, el Ministro de Finanzas anunció que el presupuesto del 2016 sería seis mil millones menor que el de este año, y el de Energía (o quizá se llama Secretario de Petróleo, hay tantos que uno se confunde) declaró que se comenzaría a desmontar tanto subsidio energético; el Ministro de Defensa dio por terminado el contrato de compra de los helicópteros Dhruv, ese que ha causado polémica, accidentes y muertes, y cuya adquisición es muy difícil de comprender, puesto que la calidad de las sofisticadas naves estaba en duda en la misma Fuerza Armada de la India, nación en la cual se producen y única del mundo que las utilizaba antes de la compra del Gobierno ecuatoriano; la Asamblea discutía una ley para impulsar una alianza público-privada y atraer necesarias inversiones. Asimismo, vimos a Rafael Correa y Jaime Nebot saludarse respetuosamente como siempre debería ser entre políticos de una nación democrática.

Estas acciones me hicieron albergar la esperanza de que ante la crisis económica agravada por despilfarro en obra pública y crecimiento burocrático, y los predecibles estragos por fenómenos climatológicos y geológicos que nos acechan, el presidente Correa estaba planteando una estrategia de unidad nacional que permita aminorar sus perniciosos efectos.

¡Qué equivocado estuve! Bastó una sabatina para oír a RC defender la compra de los deficientes aparatos culpando a la mala suerte su caída y retando a pelear al asambleísta Páez.
Cadenas nacionales despotricaban contra el Alcalde de Guayaquil en días de fiestas patrias, el Gobierno endosó a gremios empresariales la razón para eliminar subsidios al diésel. La Asamblea aprueba una ley para impulsar solo ciertas inversiones nuevas en sectores específicos, como si eso fuera suficiente para atraer los capitales necesarios para sustituir puestos de trabajo perdidos por la baja en el comercio y la construcción.

Hay que evitar caer en desazón y perder fe en el futuro del país. Lo mejor está por venir, nos dijo el papa Francisco, y así debe de ser.

Ojalá detrás de la sorna de RC ante una evidente crisis durante el televisado debate de hace pocos días, exista algo de reflexión, y el Gobierno ejecute una razonable estrategia acogiendo valiosas sugerencias de expertos nacionales, y se aminoren las consecuencias de esta. De otra manera, más temprano que tarde, el propio Presidente y su gobierno pagarán políticamente por su imprevisión económica.

brosales@elcomercio.org