Antonio Rodríguez Vicéns

Ahorro y despilfarro

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Guillermo Cabrera Infante, que padeció la experiencia asfixiante de un régimen totalitario, que fue perseguido y calumniado, al recoger sus escritos políticos en su libro ‘Mea-Cuba’, afirmó, con su punzante ingenio, que “un comunista es un animal que después de leer a Marx ataca al hombre”. ¿Qué diría -me he preguntado en estos días- de nuestros ‘socialistas’ criollos del siglo XXI, que, sin haber leído al filósofo alemán, buscando esconder su ignorancia, en su charlatanería hueca utilizan sus categorías teóricas, despojándolas de su contenido y sin comprenderlas, tratando en vano de justificar sus aberrantes actuaciones y dejando al desnudo sus resentimientos, sus complejos y su afán de revanchismo social?

Mi vida ha sido similar a la de muchos ecuatorianos. Mis padres, aparte de la educación y de su ejemplo de honradez aun en la escasez, que nunca debería ser la justificación para prescindir de principios y valores éticos, no me dejaron ninguna herencia. El ejercicio de la función pública -fui diputado por tres ocasiones, sin ilegítimas indemnizaciones millonarias graciosamente exoneradas del impuesto a la renta- agravó mis limitaciones económicas. En los últimos años, no obstante mi desapego por los bienes materiales, pensando en mi familia, previendo una vejez sin angustias y tratando de asegurar el futuro de mi hija (aunque deberé trabajar hasta el fin de mis días), me he esforzado para constituir un pequeño patrimonio.

¿Por qué castigar el esfuerzo, la previsión y el ahorro? ¿Tenemos que aceptar lecciones sobre justicia distributiva de los obnubilados ‘socialistas’ criollos que, incapaces de realizar un trabajo productivo, han encontrado su salvación en la función pública, convirtiéndose, gracias a la sumisión y el adulo, en burócratas de alto coturno, para medrar y prosperar aferrados a la piel del estado, beneficiándose del esfuerzo de los ciudadanos y succionando la sangre ajena, en una especie de garrapatismo económico? ¿Qué han hecho, en la mayoría de los casos, en sus vidas privadas? ¿Qué ejecutorias pueden presentarnos? ¿Qué méritos exhiben? ¿Acaso sin el estado, que debería servir a todos, habrían podido salir de su oscuro anonimato?

Hay que decir la verdad y rechazar hipocresías: en el afán obsesivo de conservar el poder y sus embelesos, el ahorro privado, gravado en niveles confiscatorios, contribuirá a pagar el irresponsable dispendio de los recursos públicos: obras faraónicas innecesarias, viajes ostentosos, campañas mediáticas para descalificar y denigrar a los críticos, propaganda falaz y atosigante, costosa parafernalia de seguridad para camuflar el miedo, instituciones para el control y la represión, excesiva y creciente burocracia… Han vaciado la caja fiscal y, por supuesto, el ahorro privado, producto del trabajo y la previsión, deberá servir para cubrir el uso abusivo de los ingresos estatales y su deshonesto despilfarro.

arodriguez@elcomercio.org