Alexandra Kennedy-Troya

¡Más pasajeros públicos!

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Pasan por mi mirada aquellos afiches de principios del siglo XX; jóvenes apuestos probando monociclos. Los del español Ramón Casas, por ejemplo. Apenas 60 años más tarde asistimos al ‘boom’ de las autopistas, al endiosamiento del automóvil como medio de locomoción y transporte individual. Los gobiernos neoliberales de entonces construyeron ciudades en función del mismo. Lo hacen sin piedad. Ahora sabemos –gracias a la paradoja establecida por Modrige- que a más vías, más congestión y mayor demanda del automóvil. Se pierden pasajeros públicos; más gente desea tener un carro; la nueva vía colapsa en pocos años. Se emprenden nuevas perimetrales, más carriles a la vía. Y así sucesivamente.

Braess demuestra que a medida que se aumenta la capacidad vial y en principio se reduce el tiempo de los traslados, quienes antes usaban el metro prefieren pasar a transporte privado; en seguida la vía colapsa. El político de turno vuelve a ofrecer una más potente para circunvalar a la anterior.

Karla Hermida, una arquitecta especializada en el tema, no deja de insistir en los riesgos que supone la expansión del sistema vial, con la consiguiente extensión de las urbes, la pérdida de suelo agrícola, la congestión, el caos, la contaminación. Me explica que la acciones para paliar esta situación deben ser mancomunadas y sostenidas a lo largo de las administraciones públicas. Existen ya herramientas de disuasión, comenta, como la tarifación de vías (que también supone un arma de doble filo, parquean o transitan quienes pueden pagarlas); regulación del transporte público interconectado (buses, tranvía, Metro); apoyo a la movilidad no motorizada (bicicletas, traslados a pie); restricción de circulación (pico y placa); el ‘traffic calming’ en la cual se obliga a bajar la velocidad y si se cumple, pueden cocircular bicicletas y carros. En algunas urbes latinoamericanas se ha intentado una o algunas de estas modalidades sin resultados apreciables.

Hay múltiples formas de enfrentar un problema tan brutalmente acuciante como este.

Creo que en nuestro medio el primer paso es mejorar el transporte público controlando la calidad y cantidad de las unidades, el cumplimiento y comunicación de los horarios de parada, la cobertura a zonas menos pobladas, la extensión de los servicios hasta media noche, facilitar el cobro a los usuarios (que ahora es casi surrealista), asegurar que las compañías de transporte sirvan las necesidades de traslados a mediano alcance.

De manera paralela, es importante apoyar el uso de bicicletas a como dé lugar; la población más joven va integrando este deber como parte de su ética, no solo de sus necesidades de traslado. Desafortunadamente, todas estas demandas pasan por la clase política que en buen parte desea la captación de votos, la inmediatez de una ganancia electoral.

akennedy@elcomercio.org