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En el mundo de los errores, un “glitch” es un error pequeño en el software, no llega a ser un “bug”. Si los errores se producen por ficheros mal codificados o dañados, en su reproducción se formarán figuras o imágenes también erróneas.

Pequeño desastre en su campo. Pequeño o gran desastre cuando pensamos en que el ser humano contemporáneo considera “de segunda” todo aquello que no es admisiblemente perfecto. Lo arroja al gran basurero de saldos destinado a los pobladores de segunda. El mundo de los desechos inútiles que ocupan valiosos espacios en el orbe.

Sin embargo, la idea del glitch desautorizado para existir, puede encontrarse en la misma naturaleza: la falla geológica es un “error”, una cicatriz que marca el paisaje tras un terremoto.
El equivalente digital de esta imagen puede ser sometida a un glitch, superpuesto a la fotografía del lugar “afectado”.

Así, tanto el orden natural como la desestructuración del mismo, nos dice mucho de cómo y cuanto los materiales –y los seres humanos- estamos afectados por unas oscilaciones constantes que nos obligan a remirarnos, a cuestionar la permanencia, lo sólido.

Este y otros aspectos son representados por la exposición paralela a la Bienal, de Ilich Castillo, bajo la curaduría y textos de Rodolfo Kronfle, en la nueva galería de Cuenca Museomático. Un verdadero acierto que complementa perfectamente la intención temática de este Bienal.

Y el error natural/humano vuelve a ponerse de relieve cuando entras al maltrecho Museo de la Medicina donde se arruman sin ton ni son una serie de instrumentos y máquinas de hospital dispuestas aleatoriamente cuarto tras cuarto, sin cédulas ni explicación alguna. Techos de carrizo que se vienen abajo, trizaduras en las paredes, palomas que anidan en los tejados…

Allí precisamente, allí donde todo parece desvanecerse por el tiempo y el desuso, la “intervención” del artista Kader Attia (Francia) es extremadamente pertinente. Hace uso del error/glitch de la misma edificación insertando grapas para sostener metafóricamente la fisura expuesta al bajar una de las gradas; la resalta, la acepta como una marca del tiempo. Así, reconoce y autoriza el error. Varias otras obras de la Bienal marchan por la misma línea.

Sigo mis caminatas buscando ideas, afirmando nociones iniciales sobre la vida y el arte.
Muchas veces me doy de bruces con lugares no abiertos cuando debían estarlo o en horas inconvenientes; sin señalización, ni horarios claramente exhibidos in situ o en la web. Un descuido logístico administrativo inadmisible para esta la edición XIII de la Bienal de Cuenca.