Alexandra Kennedy-Troya

Arquitectura, museos y corrupción

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El museo debe ser un espacio que acoge exposiciones permanentes o temporales, reservas para las colecciones, espacios educativos y auditorios si es del caso. Si no cuenta con colecciones y privilegia el arte en acción o el despliegue de exposiciones temporales, entonces es un centro cultural. En ambos, la arquitectura se debe supeditar a sus necesidades.

Sin embargo, veamos qué sucede cuando el arquitecto con el respaldo de los políticos de turno arma “su trip” y lanza su propuesta de millones a la que tilda de museo para justificar el gasto público. Una vez concluido no sirve para maldita la cosa; los curadores difícilmente arman una exhibición entre recovecos y espacios recortados; el público desaparece.

Algunas ciudades pequeñas justifican la millonaria inversión aduciendo que el museo se convertirá en atractivo turístico tipo Guggenheim-Bilbao. Así en Avilés (Asturias) se crea el Centro Neimeyer; en los 5 años de existencia realizan tres exposiciones; actualmente cerrado.

Otras como Roma pone en escena dos museos millonarios –el Maxxi y el Macro- cuya funcionalidad o destino de espacios son altamente dudosos. En el Maxxi (de Zaha Hadid) las salas irregulares y las estrechas rampas no albergan bien al arte ni aúpan a los visitantes; en el Macro (antiguo matadero) las salas son muy pequeñas y la tienda enorme.

En el Centro de Arte de Córdova (España), el espacio continuo no permite ubicarse bien; últimamente se dictan clases de cocina. En la Tate Tanks en Londres, antigua fábrica, una mole de cemento funciona con dificultad, no sabes dónde comienza y termina una exhibición; los visitantes deambulan como perdidos. El último museo de ciudad para Lyon (Francia), denominado de las Confluencias, es una extravagancia realizada por el estudio austríaco Coop Himmeb (1) au. La nube-nave de cristal al costado del Ródano, llena de paneles de vidrio y acero curvos, se exhibe a sí misma de espaldas a su función de destino: el museo.

La arquitectura como show, como un acto de prepotencia; un ecosistema de corrupción claramente tejido por políticos y arquitectos y que nada tiene que ver con el arte que dicen albergar; un lugar de atracciones a modo de parque temático. Un gran negocio. ¿Para qué si no el Louvre y el Guggenheim crean sus brazos en medio del desierto de Abu Dhabi? ¿Qué significan estas extensiones de la cultura europea en los ricos países islámicos?

Es hora de que los ciudadanos maldigamos el timo, el gasto público en obras que nombrándose como museos o centros culturales, no tendrán ni una función educativa ni de salvaguarda patrimonial. Una arquitectura ineficiente de gran gasto en donde ganan unos pocos. Extiéndase el fenómeno a la arquitectura política; la sede Unasur o Ciudad Alfaro, en Ecuador, ¿no son parte de la misma corrupción?