Gonzalo Ortiz

La cola de la lagartija

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En estos hermosos días de verano –de cielos azules, transparentes; nevados refulgentes como joyas; vegetación muy verde por las recientes lluvias; aire calmo, aún sin ráfagas de viento– recordamos cuando la lagartija se escapaba dejándose medio cuerpo en nuestras manos en nuestros paseos de niños. ¿Cómo era posible que se fuera, rápida y escurridiza, si la teníamos agarrada? Era asombrosa su táctica de distracción, porque, a pesar de estar ya separada del cuerpo, la cola se agitaba frenéticamente durante un buen rato, con lo que el pequeño lagarto ganaba los segundos exactos para salvar su vida.

Eso puede estar pasándonos a los ecuatorianos con relación a la corrupción. Estamos pendientes de unas colas que se agitan, distrayéndonos de lo crucial, que es el combate a los grandes corruptos. Una de esas colas es el contralor Pólit, otra el ministro Mosquera, otra Calvopiña, otra Rivera, tío del vicepresidente, pero ¿no es verdad que el lagarto o lagartijo se escapa, moviendo veloz su cuerpo de un lado al otro, entre las matas?

Y lo grave es que la corrupción, como cualquier lagartija, puede regenerar la cola. Si no hacemos en el Ecuador un esfuerzo grande, muy grande, la corrupción seguirá.

Con Fernando, el gran biólogo, que era observador y experimentador desde pequeño, vimos los hermanos cómo uno de estos reptiles se demoraba unas seis semanas en tener nueva cola. Puso a una lagartija “descolada” en cautiverio y a todos a atrapar moscos vivos con vasos de vidrio para alimentarla. Y así vimos cómo creció la cola y la lagartija recobró su agilidad.

Igual, la corrupción se regenerará. Otros corruptos se sacarán cien sobre cien y serán nombrados para supervisar los contratos y dar certificados de buena conducta si es que no cambiamos el aberrante sistema del Consejo de Participación Ciudadana Control Social, sobre el que el Frente presidencial contra la Corrupción no ha dicho nada, a pesar de que no es más que un tinglado fascista para nombrar a quien el Ejecutivo desee, burlando todo principio democrático en la elección de las autoridades de control. La corrupción recuperará la cola si los fiscales se niegan a encontrar a los verdaderos culpables; si los jueces no recobran su independencia y amor propio y los enjuician, condenan y los ponen tras las rejas. Y si no se suprime el mal ejemplo de los que roban a manos llenas y escapan desafiantes al exterior. Más que clases de ética se requieren ejemplos palpables de ética, terminar los contratos a dedo, castigar a los culpables y reformar este Estado hiperpresidencialista sin controles democráticos.

La corrupción no es un reptil inofensivo: es un monstruoso fenómeno que destruye la nación, quita recursos a las escuelas, hospitales y viviendas y se traga, como mosquitos, los puestos de trabajo de la gente.