Diego Pérez

La cofradía del silencio

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9 de September de 2012 00:59

Nunca una sociedad en silencio, amordazada por el propio poder político, ha sido ni puede ser democrática. Es más, el silencio y la democracia son conceptos contradictorios y que la mayor parte de las veces se excluyen mutuamente. Es que la vida en democracia exige, como condición necesaria, como factor determinante, la libre circulación de ideas –sin represalias, sin amenazas, sin consecuencias desde “las altas esferas”- la posibilidad lícita y práctica de disentir y de proponer visiones distintas, la capacidad de alzar la voz de vez en cuando y si fuera necesario, y el ejercicio de la protesta y del pataleo como formas de expresión.

Las sociedades silenciosas son, por contra, sociedades en estado de extenuación perpetua, sociedades grises y plúmbeas, sociedades gobernadas por el miedo y por las miradas de reojo, sociedades tuteladas por el temor al castigo.

También suelen ser pasto fértil para los regímenes autoritarios, aquellos signados por la pasión de tapar bocas ajenas, por ejercer el control absoluto, por la afición a no rendir cuentas a los ciudadanos asustados y apaciguados (que van a las urnas mecánica, maquinalmente como zombis), por la tentación de dejarse sedar por el poder perpetuo y sin límites, por la creencia (errada, como casi todas las creencias) de que solo los dioses y los pueblos otorgan legitimidad y, al final de todo, juicios justos para los políticos y sus amigos.

¿Cuántas veces hemos escuchado aquello de yo solo respondo ante Dios, ante el pueblo y ante la historia?

¿Cuántas veces hemos oído aquello de yo soy la voz del pueblo, mientras el pueblo mira el televisor, comprado en cómodas cuotas mensuales?

Hablar en susurros y con la discreción del caso. Pensar con cuidado y cautela de no herir o levantar las suspicacias del poder, o de agnados y cognados. Meditar cada palabra, tasarla, evaluar si lo dicho no contraría o enoja a nadie de peso o influencia, dudar hasta de la madre de uno y de los familiares más cercanos, verificar que nadie nos esté oyendo, sospechar de la posible delación del vecino, desconfiar hasta de los amigos más íntimos. Temer. Recelar. El silencio va creciendo -esparciéndose suena como una palabra más apropiada- al mismo ritmo que el poder va ganando los pocos espacios que quedaban por ganar, va cooptándolo todo, sigue avanzando –lanza en ristre- como un ejército de ocupación que no encuentra enemigos a la vista. El silencio es la forma por la que el poder quiere controlar la (su) verdad, monear la realidad a su antojo, encontrar adhesiones temporales, repartir premios a los simpatizantes e infligir castigos (“todo el peso de la ley”) a quien no pliegue.

Sordina y bozal.