Vicente Albornoz Guarderas

Pobres cocinitas

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Cuando se ve el mercado de cocinas de gas, da la sensación de que esos útiles aparatitos fueran más tóxicos o dañinos que el cigarrillo o el trago. Al menos así parece si se las juzga por la cantidad de impuestos que tienen que pagar.

Una cocina normal, de unas 4 hornillas y con horno cuesta, en el mercado formal, unos USD 500. Y de eso, USD 205 son para pagar el Impuesto a los Consumos Especiales, o ICE, que el gobierno anterior les puso a las cocinas de gas desde enero 2015 (además USD 50 son para pagar el IVA).

Este ICE de 100% lo crearon para encarecer las cocinas de gas y desincentivar su venta, indirectamente incentivando la compra de cocinas de inducción, esas famosas cocinas de inducción que hasta ahora casi nadie usa a pesar de que el Estado compró decenas de miles y las repartió a clientes que no tenían interés en ellas.

A finales del 2014, el gobierno se dio cuenta que el precio del barril se desplomaba y que su modelo económico basado en petróleo caro se caía como un castillo de naipes. Y uno de los gastos más improductivos que tenía era el subsidio al gas, resultado de una alta demanda de cilindros y un alto subsidio para cada cilindro.

Lo obvio en ese caso hubiera sido subir el precio del gas, pero un gobierno tan populista no podía tomar esa decisión y más bien decidió irse por el camino más absurdo y que más distorsiones creaba en el mercado: encareció las cocinas. Y con eso demostró lo poco que sabía de economía.

Si las cocinas suben de precio en el mercado formal, pasan varias cosas. La primera es que se vende menos cocinas que realmente pagan impuestos. Lo segundo es que se incentiva el contrabando y, quién sabe, hasta la creación de un mercado negro. Lo tercero es que se incentiva a no cambiar las cocinas viejas, con todos los peligros que eso implica. Eso desde el punto de vista del consumidor.

Con un impuesto tan alto también se afecta a los productores que simplemente ven que sus cocinas no se venden porque el gobierno duplicó su precio. Gran manera de destruir empleo en el sector de electrodomésticos. Brillantes.

Pero la mayor muestra de la ignorancia está en creer que la gran fuente de demanda de cilindros son las cocinas de los hogares. Quien piense así, vive en otro planeta y no tiene conciencia que los que más compran cilindros son los contrabandistas que los llevan al Perú y, en menor medida, a Colombia.

Por eso, según datos del Observatorio de Energía y Minas, el consumo de gas subió entre 2015 a 2017 de 1.095 a 1.118 miles de toneladas. Y el subsidio, obviamente, también creció, de USD 360 a USD 476 millones.

Pobres cocinitas, tan maltratadas por una política pública pésimamente diseñada. Tan mal diseñada que es inevitable pensar mal.