Grace Jaramillo

Club de golf

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11 de December de 2011 00:38

¿Han notado que en América Latina no abundan las fundaciones, ni las donaciones sean estas privadas o estatales? No somos precisamente una tierra donde ha florecido la solidaridad estatal o privada. Y seguimos así. A veces quejándonos de la cooperación internacional de los países desarrollados o de sus fundaciones, pero incapaces de juntar la misma cantidad de dinero en el sombrero propio. La reflexión me vino justamente el fin de semana pasado, mientras se firmaba con bombos y platillos la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos o Celac. Hay que anotar eso sí que somos muy fraternos y considerados. Parte del entusiasmo y las firmas se debió a que todos querían ofrecer un tributo a Chávez (quién sabe si el último) que compensara en algo el incierto destino que ahora le depara el cáncer. Pero más allá de eso y de la buena fe que conlleva, la Celac nace como todo buen organismo latinoamericano: con mucho entusiasmo para la fiesta y como siempre sin dinero.

Algunos teóricos latinoamericanos, sobre todo los agudos mexicanos y brasileños tienes muy buenas explicaciones de por qué nació la Celac en estas condiciones. La primera gran razón es cumplir la eterna aspiración latinoamericana de tener un foro de primera instancia donde decirse las verdades sin tener que ruborizarse o mimetizarse ante Washington. El viejo Grupo de Río convertido en Celac cumple la función de un buen club de golf donde los amigos o socios de negocios pueden resolver preocupaciones –a nivel presidencial- sin la presencia de Washington. Este pequeño detalle genera el mejor atractivo para México, Brasil. La Celac aumenta su posición como poderes regionales, delegados directos de la hegemonía estadounidense. Esto ya ocurre desde hace tiempo, ahora puede llegar el momento de la consolidación. ¿Para qué coordinar los países de la región, si Washington puede llamar al D.F. o a Brasilia para que resuelvan pequeños problemas con vecinos difíciles? Gracias a este nuevo foro y a entidades similares, el prestigio de México y Brasil aumentará, representando a sus respectivas áreas de influencia en foros regionales. Chile y Colombia lo saben y por eso salvaron su línea directa con Washington y Canadá a tiempo, para evitar ser zambullidos en el nuevo orden.

La segunda razón: la Celac no duplicará ni reemplazará a la OEA. O poniéndolo al revés, la Celac reemplazará a la OEA solamente cuando logre igualar el presupuesto de la primera. Pero…¿por qué hacerlo cuando todavía EE.UU., Canadá o la Unión Europea pagan las cuentas? Después de todo, vivimos en un escenario donde ya ningún país latinoamericano le teme al Imperio y la mayoría solo busca aprovechar al máximo su cercanía. Al final del día, el tradicional latinoamericanismo novelero sigue presente en estos esquemas de coordinación: mucho ruido y muy pocas nueces.