Óscar Vela

El cisma de Bergoglio

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7 de June de 2013 00:02

Negros nubarrones asediaban al Vaticano meses atrás. A diario aparecían graves denuncias de corrupción, cientos de noticias sobre el encubrimiento de pederastas, decenas de referencias a las turbias relaciones de las mafias con el Banco del Vaticano, entre otros amagos de tormenta que amenazaban seriamente con desestabilizar a la sede de la Iglesia Católica.

Tras la desconcertante y sorpresiva renuncia de Ratzinger, los presagios de un nuevo cisma aumentaron, pero entonces, con el humo blanco, apareció en el balcón la figura humilde y sonriente de Bergoglio, hoy Francisco I, el primer Papa latinoamericano y también el primer jesuita en acceder al cargo pontificio.

Desde el inicio, desde sus palabras inaugurales, Bergoglio mostró simpleza, simpatía y moderación. En su sermón inicial, dictado ante una gran concurrencia en la plaza de San Pedro, en un gesto que mostraría su línea de apertura futura a la interrelación religiosa (iniciada con Juan XXIII y continuada por Juan Pablo II), agradeció la presencia de los dignatarios de otras religiones que se hicieron presentes aquel día: grupos de la iglesia cristiana ortodoxa, rabinos, imanes, pastores evangélicos, entre otros.

Días después sorprenderían sus declaraciones y renuncias personales a la comodidad y a los lujos pontificios en concordancia con lo que sería su acción sustentada en la pobreza, la caridad y el amor. También causaría revuelo entre los radicales católicos aquella frase que desnudaba su sencillez al decir que "todos los seres humanos seremos redimidos por Dios a través de la sangre de Cristo, todos y no sólo los católicos". Frase a la que el portavoz del Vaticano, inundado de soberbia y el egoísmo de los que pregonan ser los únicos que merecen la salvación, respondió hace pocos días diciendo: "¡Lo siento! Los ateos no pueden ir al cielo, después de todo".

Y es que, de algún modo, Bergoglio ha provocado un temblor que resquebraja lentamente los arcaicos cimientos del Vaticano. Las voces de los grandes ideólogos, teólogos y tradicionalistas se ven opacadas por la frescura de un discurso modesto y práctico que se acerca mucho más a la palabra de Jesús y toma distancia con lo teocrático y doctrinario. De hecho, hace pocos días el nuevo Papa restallaba una vez más su látigo en el templo, diciendo: "Cuando la ideología entra en la Iglesia, cuando quiere interferir en la interpretación del Evangelio, no entendemos nada". Y añadió: "Toda interpretación ideológica, no importa de qué lado venga, es una falsificación del Evangelio".

Por ahora el cisma de la iglesia, si se concreta en realidad, sería provocado por el propio Bergoglio, un hombre carismático, humilde y terrenal (pero demasiado parecido a Juan Pablo I) que, alentado por el paroxismo del recién llegado, ha cambiado al menos la fachada de un palacio brillante y ostentoso que se descompone por dentro.