José Ayala Lasso

Cinismo y cínicos

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Tímidamente, el niño se acerca y pregunta: “Abuelo, ¿qué es el cinismo?” Tomándolo de la mano, el anciano le conduce a la biblioteca y extrae de uno de sus estantes un voluminoso libro, el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua. Busca la letra “c”, la encuentra y, cuando parece que va a leer las acepciones de la palabra “cinismo”, deja de lado el libro y dice al nieto:

Todos los seres humanos, querido niño, nacen libres para elegir y débiles para acertar. Sus equivocaciones, por lo tanto, no deben causarnos extrañeza. Al darse cuenta de ellas, muchos se arrepienten y toman la decisión de no repetirlas. Sacan así una lección útil para toda la vida. Otros sienten vergüenza pero, movidos por la vanidad y el orgullo, se empeñan en negar su mal proceder y van dañando así la textura de su alma. Unos pocos, patológicamente, se proclaman inmunes al error y, rebeldes ante las acusaciones íntimas de su propia consciencia, se obstinan en presentar como ejemplar su equivocada conducta y pretenden imponerla a los demás.

Estos últimos argumentan con toda clase de sofismas y mentiras para justificar lo que saben injustificable. Se apoyan en falacias, interpretan a su antojo la ética y la ley, usan el poder que ejercen –grande o pequeño- para satisfacer sus ambiciones y, si lo consideran necesario, crean normas que esgrimen luego para proclamarse libres de culpa. No tienen capacidad de enmienda, desconocen la lealtad, hablan de un honor del que carecen. Lamentablemente, algunos son hábiles para inventar fantasías y aptos para el discurso demagógico y autoritario, se hacen ricos mientras predican el desapego al dinero, desprecian y castigan a sus críticos, se burlan de la ley y los valores morales. Son las manzanas podridas que corrompen a las demás.

Hace una pausa el abuelo y, después, abre el diccionario y lee: “Cínico: Dicho de una persona que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas. Sonrisa cínica. Impúdico, procaz”. Y sigue leyendo: “Cinismo: desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables, impudencia, obscenidad descarada”.

El cínico, querido nieto, es descarado, desvergonzado, desfachatado, impúdico, insolente, procaz, un ‘caretuco’. Nada peor para un país que ser gobernado por cínicos. Cuando, pasados los años, hayas madurado y analices la historia de nuestra nación, encontrarás que la década que comenzó el año 2007 fue caracterizada por la más grave corrupción de su vida republicana, una de cuyas expresiones fue el cinismo del poder. Y sentirás lo que los ecuatorianos sentíamos entonces: dolor y vergüenza al ver a nuestro Ecuador sometido a la inmoralidad institucionalizada.

“¿Así de malo es el cinismo?” pregunta asustado el niño. El abuelo lo acaricia y asiente con la cabeza.

jayala@elcomercio.org