Alexandra Kennedy-Troya

¿Ciencias sociales en peligro?

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La semana pasada hemos vivido el III Congreso Latinoamericano y Caribeño de Ciencias Sociales organizado por la Flacso-Ecuador al cumplir sus 40 años de existencia. Estupenda forma de celebrar.

Doscientos ponentes, 1 800 participantes de América y Europa, conferencistas magistrales de la talla de Aníbal Quijano, Richard Snyder, Joanne Rapapport o Jean Lapeze.

Impecablemente organizada, esta cita acogió investigadores a partir de 18 ejes temáticos: Conflicto político, participación y Estado; Economía del desarrollo y políticas públicas; Género, subjetividades y ciudadanías; Visualidad, territorialidades urbanas, entre otros.

Según sus directivos, la intención era “pasar revista al estado de la investigación sobre la realidad social, política y económica de la región”. Quizás uno de los éxitos de la cita es advertir aquello que I. Wallerstein reclamaba hace una década: la necesidad de abrir las ciencias sociales, intercomunicarlas, trabajar transdisciplinariamente. En este congreso se vivió el camino abierto hacia nuevos diálogos que enriquecen los objetos y colectivos estudiados.

Se palpó el interés de cientos de jóvenes bien preparados dando respuestas desde horizontes y preocupaciones distintas a las de generaciones anteriores, gente comprometida con el devenir de sociedades como la amazónica, con el desastre global y su posible extinción, con la comprensión desde la historia de fenómenos o comportamientos actuales.

De alguna manera bastante evidente, la academia parece ir dejando su cómodo puesto de observador para incorporar sus observaciones científicas en la misma realidad, un fluir de información que fortalece a las comunidades estudiadas, así como al mismo estudio de aquellas comunidades. Unas ciencias sociales vivas que privilegian el ejercicio activo de ciudadanía.

Sin embargo, esto se hace realidad cuando los Estados auspician y colaboran con la formación de jóvenes cientistas sociales desde el pregrado al menos. Son Estados que buscan crear ciudadanos con criterio, críticos, capaces de poner en riesgo los estándares, las constituciones de turno, las tomas de decisión de alto nivel, con el fin último de enderezar leyes sociales débiles o nocivas para dicha sociedad.

Si pasamos revista a ciencias como la Historia, la Sociología o la Antropología en nuestras universidades tradicionales veremos con preocupación que muchas carreras de pregrado en estas áreas están disminuidas o por cerrar; que salvo la Flacso o la Universidad Andina, pocos posgrados más fortalecen el área; que de los cuatro nuevos inventos universitarios realizados por el actual Gobierno, ninguno ha acogido estas áreas del conocimiento “peligrosas” para un Estado que se ha cerrado la banda al cambio y a la crítica.

En lugares como Colombia, Perú o Brasil, en cambio, se vive un repunte en el área…

akennedy @elcomercio.org