Milagros Aguirre

Chirisiki

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Los áulicos y agenciosos funcionarios no han podido, desde el terremoto, adelantarse a su jefe en las visitas por los pueblos afectados. No han podido, en estos días, alzar el tapete para esconder ahí los desperfectos, las basuras y las miserias.

No han podido mandar a quitar escombros antes de que él pase, como suelen hacer en los pueblos, de donde hemos visto sacar hasta el moho de las piedras para que todo esté reluciente. No han podido mandar a pintar las casas para que parezcan hechas apenas ayer por la mismísima revolución. Ni han podido poner cocineros y alimentos en los comedores de las unidades educativas para que parezca que los niños se alimentan con manjares. Tampoco han sido capaces de poner profesores de robótica o de laboratorio donde no hay para mostrar lo avanzado de la educación del milenio. Ni han podido pedir prestados pupitres para que luzca el mobiliario completo de cualquier institución inaugurada. Ni ha tenido que hablar con los maestros para que los niños estén sonrientes para la foto.

Los expeditos alcaldes no han podido mandar cuadrillas para adecentar las veredas, pintar los pasos zebra, arreglar (o improvisar) jardineras poniendo árboles donde no hay, recoger la basura y todas esas cosas que suelen hacer como verdaderas hormigas trabajadoras, para disimular los problemas de alcantarillado, de recolección u otros que suelen tener, pero que se esconden bajo la alfombra.

Por supuesto, tampoco les ha dado tiempo para prohibir carteles ni impedir reclamos a los vecinos con los que la caravana presidencial se encontrará a su paso. Eso suelen hacerlo con la debida anticipación, por razones de seguridad y para evitarle contratiempos al jefe, a quien no le gusta mucho eso de que le protesten mientras recorre obras o visita pueblos.

Ahora le ha tocado ver, al menos una parte, del país desnudo, sin maquillaje, como quien dice, lluchitico. Tal vez por eso se exasperó cuando la gente le reclamó por el agua, por los alimentos, por las ayudas que no llegan, con llantos, con gritos, con desesperación.

El país quedó desnudo luego del terremoto. Y no solo quedó desnuda la Costa, devastada y triste, llorando a sus muertos y con la esperanza de levantarse de este mal momento. Quedaron desnudas las ineficiencias, las pequeñas corruptelas, las obras inútiles, los descontentos, la forma tan propia de la gente de pedir ayuda, de llorar, de mostrar su indefensión, y a la vez esperanzarse en la idea de que son las autoridades las que les van a sacar de la miseria, les van a dar pan y techo y trabajo.

Quedaron al desnudo la falta de plata, la poca previsión de fondos para emergencias, el gasto inútil y el despilfarro y eso, al menos, nos ahorró dos sabatinas sin show ni aplausos ni bailes ni cantos ni parafernalia. La revolución también quedó en cueros, chirisiki.