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En la ciudad de Torreón, en el año 1911, en plena revolución mexicana, trescientos tres chinos, la mitad de la población de esa nacionalidad que había en la zona, fueron asesinados por una turba de civiles y militares con una crueldad espeluznante.

La matanza de los chinos no fue un hecho que se diera a conocer fuera de México, ni siquiera fuera de las fronteras de la ciudad de Torreón, pues había en torno al suceso una suerte de desmemoria histórica alentada seguramente por la vergüenza que había caído sobre los responsables de la acción y también de la omisión por el pequeño genocidio.

Sin embargo, con el tiempo, se han llegado a conocer buena parte de los detalles macabros que rodearon a esta historia, muchos de ellos confundidos en el momento que vivía México por la revolución iniciada en 1910 contra el régimen de Porfirio Díaz, y otros sepultados entre los escombros de la complicidad de una sociedad que no quería recordar ese tenebroso episodio.

Hoy se conoce que el 15 de mayo de 1911 las calles de Torreón quedaron sembradas de los cadáveres de los chinos. Los criminales, bajo un estado de embrutecimiento colectivo, no respetaron ni a las mujeres ni a los niños, y actuaron contra sus víctimas con una agresividad delirante. Se dice que el origen de la masacre fue la llegada durante la madrugada del 15 de mayo de dos mil miembros del ejército de fuerzas leales a Francisco Ignacio Madero. Se dice que los pocos soldados federales que aún quedaban en la ciudad huyeron en la mañana tras varias horas de combate y que la ciudad quedó desguarnecida.

La comunidad china, conformada básicamente por comerciantes que habían llegado a México huyendo del hambre que había en su país y de la persecución racial que habían sufrido en los Estados Unidos, fue testigo entonces del saqueo masivo de sus propiedades. Y, repentinamente, se constituyeron también en las víctimas del desenfreno cuando se les empezó a acusar de haberse aliado con las fuerzas del presidente Porfirio Díaz. Lo cierto es que el crimen estuvo salpicado por un enconado racismo que se había enquistado silenciosamente en los ciudadanos locales que veían a los chinos con envidia y rabia por el crecimiento de sus negocios.

Han pasado algo más de cien años de esta tragedia y, tras los pasos de unos pocos periodistas e historiadores que se decidieron a investigar el hecho, llegó también el escritor Julián Herbert (Acapulco, 1971), que acaba de publicar la novela titulada ‘La casa del dolor ajeno’, que además de desentrañar de forma precisa y veraz esta historia, conjuga en su interior otros géneros literarios como el ensayo, la crónica y el thriller periodístico.

Herbert, es un autor ácido y provocador (basta leer su novela anterior ‘Canción de tumba’, para comprenderlo), que acostumbra a sus lectores no solo a la buena literatura, sino también a la denuncia, a la irreverencia y a la compleja exploración de los misterios del comportamiento humano.