Lolo Echeverría Echeverría

El Chile sudamericano

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lecheverria@elcomercio.org

El Chile que creíamos tan europeo y del que estaban tan orgullosos sus habitantes, era igual que todos los vecinos, era sudamericano. ¡Qué decepción¡ Igual que los demás ha sido arrastrado a una profunda crisis por funcionarios, empresarios y políticos corruptos. Fraude fiscal, facturas falsas para financiar campañas; tráfico de influencias, uso de información privilegiada, enriquecimiento ilícito, travesuras y escándalos de la familia presidencial; quien fuera hijo político de Pinochet, ahora gran ricachón, pasando dinero a diputados y ministros gobiernistas … toda la gama de la corrupción latinoamericana.

La Presidenta, como tantos otros, niega, minimiza, absuelve, hasta que se da cuenta que la mayoría de los ciudadanos están consternados, decepcionados y dispuestos a castigar. En cuatro meses de Gobierno ha pasado de un nivel de aprobación del 60% a un magro 29% con peligro de seguir bajando. Cuando advierte la gravedad de la situación, entonces, apela a los viejos trucos de la política sudamericana: leyes anticorrupción y reforma constitucional.

¿Recuerdan la vieja doctrina cristiana? Había siete virtudes contra siete pecados. Contra gula, templanza; contra pereza, diligencia; contra orgullo, humildad; contra codicia, generosidad; contra lujuria, castidad; contra ira, mansedumbre; contra envidia, amor. De la misma manera, Michelle Bachelet propone siete artículos anticorrupción para siete pecados capitales. Contra parientes indelicados, inhabilidades para ingresar al Gobierno; contra “puerta giratoria” de empresarios y funcionarios, limitaciones para circulación; contra tráfico de influencias, prohibición de contratación en el Estado a parientes de las autoridades; contra políticos corruptos, eliminación de aportes anónimos; contra la compraventa de políticos, regulación estatal del gasto electoral; contra los regalos a políticos, transparencia; contra cabilderos y lobistas, despido de la función pública.

Todas estas medidas se basan en el principio, probado como errado, de que dictada la ley solucionado el problema, y en el falso presupuesto de que lo que está regulado por el Estado es correcto y transparente.

Los sudamericanos que ya pasamos por eso sabemos que el remedio es peor que la enfermedad. Pero lo más triste del caso chileno es que se repitan estratagemas ridículas utilizadas por el populismo como denunciar afanes golpistas o el retorno de los conservadores.

En cuanto a la reforma constitucional, solo es un elemento de distracción, según la oposición de derecha, y todavía equívoca, según la oposición de izquierda.

Chile ha tenido diez constituciones y la última ha durado 35 años, pero los afanes de refundación, eterna tentación de la izquierda, pueden ser atractivos para el pueblo al que se le ofrece que “los ciudadanos van a ser protagonistas de la elaboración de la Nueva Constitución”.