Lolo Echeverría Echeverría

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La matanza de los periodistas en Francia ha puesto a pensar a la gente y a tomar partido. En un grupo están los que creen que los mártires de Charlie Hebdo trabajaron bajo amenaza, sin claudicar ante la censura o el miedo y defendieron, heroicamente, la libertad de expresión; creen que ella es innegociable porque nos hace humanos, libres para pensar y expresar nuestros pensamientos. Por eso proclaman con devoción “Je suis Charlie”.

Otros piensan que el semanario humorístico es un periódico anticlerical, blasfemo, machista, irresponsable, provocador y de mal gusto, al que están convirtiendo en diario oficial, ícono de la República francesa, objeto de culto. Sin embargo, piensan que sus periodistas, como todos, tienen derecho a la libertad. Este grupo también proclama “Je suis Charlie”.

En un tercer grupo están los que piensan que los ciudadanos del mundo que salieron en defensa de la libertad de expresión y los cincuenta jefes de Estado que marcharon tomados del brazo, están equivocados porque no condenaron el terrorismo en Nigeria, como se dijo en Argentina, o redujeron el debate a la libertad de expresión, como se dijo en Ecuador. Pretenden condenar el terrorismo sin defender la libertad de expresión. Ellos “no son Charlie”. ¿En qué grupo está Ud., qué cree Ud.?

Los temas que ha puesto en debate el atentado de París son temas de discusión perpetua. Religión, fanatismo, libertad de expresión, terrorismo, tolerancia. No se resolverán ahora, pero pensar en ellos nos ayuda a valorar lo que perdemos o ganamos cuando reglamentan nuestras libertades y creen hacernos un favor.

La revista “Études” de los jesuitas franceses tomó partido por la libertad de expresión y publicó algunas de las viñetas volterianas de Charlie Hebdo. El escándalo desatado le obligó a retirar las caricaturas, pero no cambió su defensa de la tolerancia y el humor. Su director, Francois Euvé, explica la necesidad del humor.

“Frente a los sistemas y las instituciones, el humor se hace indispensable porque siempre están en peligro de petrificarse, dogmatizarse, ensimismarse. Tratándose de instituciones religiosas, el resultado es más grave por la sacralización de sus órganos. El humor tiene una virtud antiidolátrica, como lo recuerda la tradición judía. Todos los ídolos deben ser derribados, comenzando con los que fabricamos en nuestras instituciones. El humor corrosivo es indispensable cuando la religión se torna totalitaria”.

Esta apertura a la libertad de expresión y a la tolerancia se encuentra en el cristianismo pero no se ve en el Islam. Tal vez tiene razón Savater cuando dice que el cristianismo ha sido ya domesticado y el Islamismo es todavía silvestre. Con frecuencia se cree que el fanatismo es la forma más pura de la lealtad, cuando es, más bien, una desviación. Y esto sirve igual para la religión como para la política.

Lolo Echeverría / lecheverria@elcomercio.org