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4 de January de 2014 00:02

Es vanidoso el intento de comunicar lo esencial en pocas o aun en muchas líneas: la cantidad de palabras no cuenta, sino la búsqueda ardua del tema, de la palabra adecuada para tal situación, de la comparación feliz. Todo asunto es inagotable; cuanto puede argumentarse es exiguo e irrisorio. Al escribir, empobrecemos inevitablemente la rica realidad de cada asunto. Experimentar nuestros límites frente a la escritura es la mayor virtud del escribir.

Aunque leyéramos las obras producidas por los grandes escritores de todos los tiempos, no añadiríamos un ápice a nuestra vivencia del acabamiento, ni a nuestro esperar contra toda esperanza: "¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida o un codo a su estatura?". (Mat. 6:27); sin embargo, la intuición de la belleza en un poema puede reemplazar en un instante las lecturas hechas y por hacer… Donde menos lo pensamos se halla la sabiduría y aunque la erudición no posibilita nuestro dominio de la realidad, permite al erudito imaginar que domina un ámbito de la ciencia, de la naturaleza, de lo exterior o interior, de la tierra o del cielo. Imposible saber si es sabio un gran literato, o si lo es un gran conocedor de los agujeros negros del universo, y más difícil aún, comparar la calidad de sus respectivos saberes, porque ser sabio implica, más allá de todo conocimiento y, a veces, a pesar de él, una actitud, un talante de verdad y humildad tan difícil de alcanzar como lo es a la luz comprimida eludir los límites finitos del agujero negro que la devoró. Literato y científico 'conocen' los agujeros negros, cada uno en la forma que les concede la búsqueda de la palabra bella o el aprendizaje estudioso de masas y sus fórmulas, y los dos comprenden que no otra cosa es la vida que síntesis y concreción de luces que se juntan y vierten en límites finitos y precisos hacia el océano de la nada. Cada uno, mientras busca, a su modo, está buscándose a sí mismo. Conforme avanza el pensamiento guiado por la sed de saber, comprende -ya lo dijo Sócrates- que nada comprende; que apenas le es alcanzable en la inmediata superficie de comportamientos, maneras y afanes, la vulgaridad o la perspicacia generosa del otro, el agotamiento de la persona en las cosas o el uso del objeto como expresión consciente de la interioridad personal. Alguien aúna a su palabra la virtud de perdonar, la de consolar y la de no envanecerse y, en otro momento, ese mismo 'alguien' se llena de rencor, de desconsuelo y presunción. La vida enseña; muestra lo que vale y lo que no; consagra certezas y alegrías y obliga a deshacerse, con dolor, de otras certezas y alegrías. Ante la incertidumbre, solamente la gracia maravillosa del humor, tan secreto como presente en toda reflexión.