Leonardo Padura

El cascabel y el gato

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22 de April de 2014 00:01

Hace años los cubanos formularon una máxima para describir su relación laboral con el Estado: tú (el Estado) haces como que me pagas y yo (el ciudadano) hago como que trabajo.

De esa forma tan sintética y precisa se resume la reciprocidad de los trabajadores con los salarios irrisorios, totalmente insuficientes, que reciben por su condición de obreros, técnicos y profesionales dependientes del principal empleador existente en el país, o sea, el Estado.

Pero, además, la sentencia popular refleja algo más profundo y grave que una cuestión de supervivencia o de defensa.

Sus resultados repercuten en asuntos tan vitales para la economía nacional como la baja productividad y la ineficiencia laboral, el éxodo de determinados sectores y del país, la baja calidad de la producción y los servicios y hasta la corrupción y el "desvío" de recursos de muchos de los que pueden llevarse algo (tiempo, dinero, materiales) de sus centros de trabajo y mejorar con ello sus condiciones de vida.

Pero, siguiendo con la lógica de las consecuencias del enunciado, habría incluso que ir un poco más allá, porque las posiciones atribuidas, en la sentencia mentada, a los empleados y al Estado también son el reflejo de una forma de vivir de los primeros y de gobernar del segundo, en las cuales parece haberse impuesto un quiebre de la comunicación en uno y otro sentidos. Como si jugaran un partido de fútbol con dos pelotas… o con ninguna.

Esa ruptura de comunicación, o de falta de códigos de entendimiento, no significa, por supuesto, falta de control.

Por el contrario: el Estado sigue siendo todopoderoso en tanto forma una sólida trinidad con el Gobierno y el partido único y, por ende, tiene en su arbitrio casi todas las decisiones, no solo macro, sino incluso muchas que afectan la vida personal de los individuos, entre ellas su capacidad económica de consumo y su nivel de vida.

El Estado decide en Cuba qué actividades pueden realizarse al margen de su tutela y, con una ley tributaria de elevados porcientos de pago, casi hasta lo que pueden ganar quienes no laboran directamente para él, o sea, los trabajadores por cuenta propia.

Además, los precios de todos los productos (incluidos los que no se venden en la red comercial oficial, que toman como referencia los precios oficiales) tienen cotas fijadas por la dirección económica del país a los niveles que ellos deciden o necesitan, que en muchas ocasiones (a veces hasta justificadas por precios internacionales de ciertos productos) están divorciados de la realidad económica del ciudadano.

Por eso, para la mayoría de la gente que depende de salarios estatales la simple subida de los precios de los productos de aseo se puede convertir en una tragedia mensual, mientras que las cifras fijadas para la venta "liberada" de automóviles son como ver una película de 'La guerra de las galaxias', de contra sin subtítulos, en que algunos seres extraños hablan de cosas incomprensibles.