Juan Valdano

Carteles del trópico

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El estereotipo del trópico americano como tierra de la abundancia, una variante del mito bíblico del Edén, no pasa de ser un invento europeo.

Se inició con el hiperbólico testimonio que Cristóbal Colón consignó en sus cartas a los reyes de España. En la mente soñadora de los navegantes del siglo XVI debió haber impactado el relato que el Almirante hizo de aquellas tierras aún desconocidas y de la gente que habitaba en ellas y con las que tropezó en su expedición por el mar de Occidente. Ejemplo de ello son estas palabras pletóricas de asombro que el célebre nauta escribió en una carta fechada el martes 25 de diciembre de 1492: “Son gente de amor y sin codicia, (…) en el mundo creo que no hay mejor gente y mejor tierra. Ellos aman a su próximo como a sí mismos, tienen una habla la más dulce del mundo y mansa y siempre con risa”.

Interminable sería el recuento de cronistas, artistas, aventureros, misioneros y científicos que, durante estos siglos, han registrado sus visiones de los trópicos americanos. Unos lo hicieron con pluma alterada, sintiendo aún la excitación que la gran aventura les produjo; otros, con ánimo reposado, recuperando el hilo de morosas reminiscencias, tal como las iban desenredando de la memoria. Y hubo otros, como el holandés Johann Theodor de Bry que sin pisar el Nuevo Mundo dibujó al nativo de América en desnudez inocente, grabados concebidos bajo los prejuicios de la “leyenda negra” que los enemigos de España fraguaron contra ella y en los que el cuerpo del aborigen americano, lejos de su realidad, es representado bajo el canon barroco de flamencos y teutones.

Así mismo, imposible sería pasar por alto a Antonio de León Pinelo, escritor del siglo XVII y autor del curioso libro “El paraíso en el Nuevo Mundo” y en el que sostiene que el Edén bíblico estuvo en la amazonía, nada menos que en la tierra de los quijos. La amazonía, tierra feraz y pródiga, es también tierra sagrada para León Pinelo. Según él, el Paraíso Terrenal estuvo situado en una mesopotamia amazónica donde abundan las pasifloras y, entre ellas, la granadilla, la fruta tropical con la que (según Pinelo) Eva tentó a Adán. La prueba, nos dice este alucinado, está en la pentámera flor de la que surge esta fruta, pues en ella “puso Dios todos los instrumentos de la Pasión de Cristo”.

Muchas de estas visiones del trópico americano no pasan de ser literatura fantástica, sueños en los que el hombre europeo ha proyectado sus utopías: el ideal de la tierra salvaje y cálida; el ámbito de la inocencia, la libertad, la sensualidad, el ocio y la abundancia. No todo es verdad ni todo es mentira. No obstante, la mirada con que vieron esta tierra y la palabra con que la evocaron no dejaron de ser ajenas. Paisaje más inventado que real; ámbito en el cual la conciencia culpable del colonizador ha querido –y aún quiere- recuperar la paz perdida, su perdido paraíso.

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