Juan Valdano

El carro naval de Dionisos

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El Carnaval con sus máscaras y excesos predispone al mundo al placer, la burla y la momentánea transgresión de la norma. Pone el mundo al revés: suspende lo serio y da paso libre a la broma; guarda en la sombra lo solemne para que, a sus anchas, triunfe lo frívolo. El Carnaval es un rito universalmente practicado y en el que todos se ponen de acuerdo para olvidar la cordura y celebrar al instinto, el desquiciamiento colectivo. Extraño ritual que habla de los ocultos trasfondos de la mente humana, fiesta cuyo origen está en el culto a Dionisos y los antiguos ritos órficos.

Entender las cosas de la cultura es mirarla en profundidad como expresión simbólica de los más íntimos impulsos del ser humano. Para comprenderla hay que decodificarla. La dicotomía configura toda manifestación de cultura. La religión órfica que, tras una máscara, puso a danzar y cantar al primitivo hombre dionisíaco partió de la idea de que en el ser humano anida la discordia perpetua, pues, si por un lado participa de una condición animal, por otra, posee, filiación divina. El cuerpo es lo terreno, obedece a la naturaleza animal; mas, el alma viene del dios y es eterna, ni ha nacido ni puede morir. El alma debe, por ello, trajinar la escala de las trasmigraciones en busca de su purificación. Aherrojada en su prisión corporal, ella no cejará en su anhelo de volar a la patria: lo divino. Para el orfismo (del cual Dionisos era su gran sacerdote) la verdadera vida está “más allá” de la experiencia terrena, pues esta, no es sino un engaño en el que el cuerpo es un “ropaje de carne” que se abandona. El cuerpo es “sepulcro”; de ahí la reiterada fórmula “soma” - “sema” que, luego y como idea ascética, será retomada por el cristianismo.

El día que Dionisos descendió de las rocosas laderas de Tracia, su patria, y entró en el Ática, al inicio del siglo VII a. C., ya no era el mismo, se había convertido en otro. Olvidado de toda moderación había devenido en el dios de las orgías y bacanales. Recorría los caminos en un carro naval halado por bueyes y festoneado de flores y racimos de vid; un procaz coro conformado por sus nuevos amigos lo rodeaba: los sátiros. El macho cabrío es ese ser híbrido mitad hombre y mitad cabrón; personificación mítica de esa dualidad que define al ser humano: inteligencia e instinto.

En nuestra diaria experiencia del mundo no todo lo conocemos a través de la nítida visión de lo racional; también hay el sueño, la nebulosa que embota los sentidos, el afloramiento de los impulsos del instinto, es entonces que palpamos el mundo a través de la pesadilla. El ascetismo cristiano desprecia al cuerpo. Doña Cuaresma derrotará siempre a don Carnal. Baco, aquel alegre tunante, al fin será guardado tras las rejas por un año. El inquisidor se erguirá entonces para condenar a la Imaginación y la Razón acusadas de engendrar monstruos.

jvaldano@elcomercio.org