Fabián Corral

Carnaval

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Carnaval, evocación de fiesta, memoria de batallas de agua, ruptura momentánea de los límites, reino de la chanza, plenitud de la irreverencia. Son días de jolgorio. Son tiempos de licencia y de olvido de algunos rigores de la vida cotidiana. Son ocasión para afirmar la voluntad de divertirse que es, sin duda, una de las vocaciones que mejor caracterizan a la humanidad.

El trabajo, según la tradición bíblica y el mandato católico, es el castigo originario impuesto en el mítico paraíso terrenal, que va a contrapelo de la libertad y del ocio, esas dos inclinaciones que hacen de nosotros seres desconfiables, desobedientes y rebeldes, y que explican por qué el poder divino, y el humano, han dedicado tanta imaginación y esfuerzo para someternos, tantos artilugios y argumentos para obligarnos, tantas sanciones y miedos para reformarnos hasta hacer de nosotros sujetos mansos y aplicados, cabizbajos y tristones. ¿Será verdad que, como decían los curas, somos seres ociosos y libertinos? ¿Será esa la razón para concedernos licencia momentánea en el Carnaval, antes de entrar a tiempos de rigor?

La verdad es que la chanza, el humor y la sátira son expresiones de humanidad, de esa versión de humanidad atrevida y libertaria que nadie ha podido sofocar, y que, pese a todo, sobrevive y prospera. El Carnaval es la plenitud social de esas vocaciones, y es la ocasión para que las máscaras, los payasos y el baile llenen las calles y destierren la seriedad, las prohibiciones, las mentirillas y la hipocresía. Es un paréntesis necesario que oxigena y libera. Y es entonces cuando mejor se aprecia el disparate que entraña la idea aquella de construir el “nuevo hombre”, versión perfecta del burócrata sometido, silencioso adherente a las consignas y puntual militante en los actos de masas. Es entonces cuando se aprecia que la libertad y sus
riesgos son la sustancia de la dignidad, por­que la dignidad también tiene que ver con la posi­bilidad reírse. La risa y la carcajada son, a veces, sonoro desafío y afirmación contundente que dice más que mil palabras.

El Carnaval comenzó por ser tiempo de fiesta y de ruptura que, por acá, se expresaba en aquello de lanzar globitos al transeúnte desprevenido, o de bañarse con ropa en las piletas de los parques, costumbre que, al parecer, se practicaba en las ciudades de provincia de toda América del Sur. Después, vinieron los esfuerzos por civilizar semejante ­desborde de entusiasmo, que generaba la chacota de unos y la ira de otros, y se iniciaron los corsos de flores, los desfiles y otras manifestaciones de “culturización” de una costumbre, que, sin embargo, persiste.

Aún se practica el Carnaval genuino con agua y harina, baile, licor y entusiasmo. Sin duda, Guaranda se lleva las palmas de la
fiesta, con las coplas que aluden a una vieja tradición.