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La volatilidad de la política!: lo sufrido estos años muestra irrefutablemente que si en política son posibles el mal y el bien, en la que soportamos cupieron más vicios que virtudes. Aunque nuestra historia republicana nos dispensó mentiras y falacias so capa de democracia, nos es imposible, como lo es para los pueblos buenos, que son todos, renunciar al derecho a ser gobernados por dirigentes éticamente formados, de quienes emanen virtudes que ayuden a confiar. Aspiramos a idoneidad y patriotismo en cuantos nos dirigen; seguimos empeñados en esperar y confiar por encima de indecisiones, torpezas, concesiones, prebendas y premios que sobran para quienes no los merecen. Miramos con asombro los altos puestos ocupados por los mismos y las mismas que apenas parecen darse cuenta de la responsabilidad que asumen en sus cambios de ‘personalidad’ política –cambios dignos de risa, si no dañaran tanto-; los vemos ya en uno, ya en otro bando, por salvar su torpe pellejo de poder, mejor, su ‘lana’ de poder, merced a la cual lo rebañaron todo en los execrables diez años de nuestra desolación.

Así, si alguien anhela hoy ordenar, indagar, juzgar dignamente, el pueblo llano, es decir, la mayoría de nosotros, vacila, no con la duda inteligente que para los antiguos era el inicio sine qua non de la búsqueda de la verdad, sino con dolorido escepticismo, incluso respecto de nosotros mismos.

Empeñada en esperar, leo: “Yo hablo del control público y de la ética pública. El Estado debe asegurar mecanismos institucionales de control público efectivo y la sociedad debe demandar de los funcionarios el cumplimiento de sus responsabilidades de un código ético que garantice la rendición de cuentas; nadie debe estar exento de ella”; yo pondría la mano en el fuego para defender las palabras, las convicciones y el trabajo ejemplar de mi amigo Pablo Celi: sin su control, sin su energía y talento político que le permitieron sobrevivir a los avatares correístas, romper los papeles indignos presentados por una tal contralora subrogante que habría tapado vidrios sucios, maderas roídas, fondos malolientes para consagrar la ‘transparencia’ de la década, según la práctica millonaria de las mentiras de su gran jefe Pólit y este, las de su gran jefe (bien sabemos quién), y este, la de su omnímoda locura de poder, certificable médica y psicológicamente.

Las decisiones que toma la contraloría no son políticas, pero influyen en lo político. ¿Hay quién se atreva a clamar contra la veeduría ciudadana de nuestra deuda pública? ¡Claro que los hay!: acostumbrados al secreto, al escondite, al silencio; al ‘hay que callar al pueblo’, eran, en execrable conjunto, ‘yo’ y el poder: Yo, en, para, desde, sobre, tras el poder, hasta la reelección indefinida con la que lo coronaron sus vasallos. Nosotros apoyamos la veeduría, representados en ella, pues fue conformada con el fin de ‘acompañar el examen de la deuda’. Por eso, abramos ya otro capítulo en nuestra historia: Sí.