Mario Osava

Camioneros paran Brasil

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La mortandad de 70 millones de aves y 20 millones de cerdos, centenares de vuelos cancelados, industrias inactivas, metrópolis sin combustibles y alimentos perecederos, enfermos agonizando en hospitales sin insumos vitales. Las consecuencias para Brasil son desastrosas y requerirán meses para cicatrizarse. Pero la huelga de los camioneros, que solo mantenía algunos focos aislados ha contado con un apoyo popular casi unánime, durante sus primeros nueve días.
Nada menos que 87% de los 1 500 entrevistados el 29 de mayo por el Instituto Datafolha, vinculado al diario Folha de São Paulo, apoyaba el movimiento que enturbió sus vidas desde el 21 de mayo, bloqueando carreteras con miles de camiones en más de 900 locales. Solo 10% de los que respondieron a la encuesta telefónica escaparon al masoquismo de los brasileños y rechazaron el paro. Los demás se dijeron indiferentes o sin opinión.

Además una mayoría del 56% defendía la continuación de la huelga, incluso cuando ya era inminente el colapso de muchos servicios, como el transporte urbano y aéreo por falta de combustibles. Solo el 42 % pedía la interrupción del caos en este país de dimensiones continentales y 208 millones de habitantes.

“Fue un movimiento legítimo y victorioso, el gobierno reconoció esa legitimidad, atendiendo sus reclamos. Pero se prolongó más allá de lo necesario”, evaluó para IPS el empresario Erasmo Battistella, presidente de la Asociación de los Productores de Biodiesel (Aprobio).

En su opinión, la huelga debió terminar en su octavo día, el lunes 29 de mayo, “para que Brasil vuelva a funcionar”. La víspera, el gobierno de Michel Temer acordaba la reducción del precio del diesel, principal motivo del paro, así como descuentos en peajes y fletes mínimos, para compensar a los camioneros.

Líderes de los transportistas que habían rechazado un acuerdo anterior, al considerar insuficiente la rebaja prometida del combustible, acogieron la nueva propuesta del gobierno, pero no lograron desmovilizar a todos los camioneros.

Miles de ellos siguieron ocupando bordes de las carreteras, en algunos casos apedreando desertores o forzando su permanencia. La violencia, baja en relación a la magnitud de las protestas y sus efectos económicos, provocó un muerto por una piedra arrojada contra su camión, en el décimo día del paro, otro atropellado anteriormente en una manifestación, y algunos encarcelados.

Ganaron énfasis algunas consignas políticas, como “renuncia del presidente Michel Temer” e “intervención militar” en el gobierno.

De todos modos, la desmovilización gradual desde el lunes permitió reanudar el suministro de combustibles, inicialmente con camiones-cisternas, protegidos por escolta militar o policial, y de alimentos, insumos industriales y medicamentos en los días siguientes.