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La llamada COP21, que concluyó en París la semana pasada, fue la vigésimo primera Conferencia entre las Partes (“Conference of the Parties” o COP). La COP a partir de 1992 suscribieron la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático.

A los acuerdos logrados en COP21, muchos los consideraban poco probables, ellos son entre otros la reducción de los efectos de invernadero, el desarrollo de fuentes alternativas de energía y un fuerte apoyo a los países en vías de desarrollo en la lucha contra el cambio climático, nacieron de un proceso. Este, que se inició en 1992, pasó por el Protocolo de Kioto (1997) y que entró en vigencia en 2005, el Mapa de Ruta de Bali acordado en 2007, los acuerdos de Copenhague de 2009 y de Cancún de 2010, la Plataforma de Durban aprobada en 2011, las modificaciones al Protocolo de Kioto acordadas en Doha en 2012, y la conferencia de Varsovia de 2013.

Merece la pena mencionar cada uno de estos hitos porque su enumeración detallada da cuenta de un continuado esfuerzo en el transcurso del cual se ha visto gradualmente fortalecida la voluntad de los gobiernos del mundo de actuar frente al problema del calentamiento global. Ese notable incremento de voluntad política ha conducido a los fundamentales compromisos adoptados en París.

Y esa mayor voluntad política es en sustancial medida reflejo de la decisión de los ciudadanos del mundo de asumir las responsabilidades y los desafíos de cuidar mejor la Tierra, “nuestra casa”, como la llama el papa Francisco. Como tal, es una crucial evidencia de cómo cada uno de nosotros puede influir en el curso de los eventos que nos conciernen, pero que nos hemos acostumbrado a través de los milenios a dejar pasar, influidos por la cómoda e irresponsable idea de que es poco o nada lo que podemos hacer para generar cambios.

El resultado de COP21 es también evidencia del importante rol que cumple en los asuntos de la humanidad la Organización de las Naciones Unidas. Esta institución, además de haber convocado las muchas reuniones internacionales mencionadas, ha desplegado amplios e imaginativos esfuerzos para despertar la conciencia de la humanidad a los desafíos que enfrentamos, y al hecho que estos son desafíos comunes ante los cuales nuestras respuestas deben ser mancomunadas, trascendiendo amargas recriminaciones y la búsqueda de culpables. Y mirando más bien hacia un mejor futuro común y el establecimiento de lo que el gran psicólogo social Herbert C. Kelman describe como “relaciones mutuamente constructivas”, que pueden darse porque respetamos al que piensa distinto, creemos en el diálogo, y lo practicamos no para ganar el debate sino para construir consensos y llegar a acuerdos.

COP21 deja esperanzadoras lecciones, aplicables mucho más allá del crucial tema del calentamiento global.