Pablo Cuvi

Calvos, ricos y felices

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Hablo con conocimiento de causa: nadie se engaña más que un calvo frente al espejo. Humm, la frase es contundente y se aplica tanto a un rey como al último vasallo, pero sigue siendo imprecisa porque los pelados de verdad ya no se engañan sino que lucen sus calvas resplandecientes como Telly Savalas.

O, cuando son sensatos, hacen como don Clemente Yeroví, un presidente interino que todas las mañanas se decía ante el espejo de la residencia de Carondelet: “No hagas caso a tus asesores, Clemente, no eres ni más inteligente, ni más guapo ni más sabio desde que estás aquí”. Como no ofendía a nadie, don Clemente salía a caminar acompañado solo por su edecán y algún amigo y nadie le faltaba al respeto en la calle. En cambio, hay otros pelados que se chantan un sombrero y van a predicar la felicidad y el desprendimiento a los desempleados y no se despojan del montecristi ni para dormir, como Olafo, el Amargado. Hay quienes opinan que se podría multiplicar a esos gurús del buen vivir a condición de que lleven un mensaje individualizado a los nuevos ricos y famosos del fugaz siglo XXI, para convencerlos de que entreguen sus fortunas para financiar, por ejemplo, a la educación superior.

La lista de visitas de los mensajeros de la felicidad incluiría a las autoridades y profesores de Ciudad Yachay, quienes renunciarían a sus fabulosos sueldos en favor de los niños que perdieron en el terremoto sus escuelas no aseguradas. Y se daría charlas de sosiego y resignación a esa burocracia que, según advierte un asambleísta, se siente afectada sicológicamente ante la posibilidad de perder la teta, algo casi tan grave como perder el pelo.

Los conversos de esta nueva élite del poder económico y político marcharían a la orilla del mar, o más allá, offshore, a abrazar palmeras y hacer largas siestas en hamacas y construir castillos de arena sin favoritismos ni coimas, ni retrasos, ni impuestos, faltaba más. Su felicidad sería la nuestra teniéndolos lejos, pero eso no arreglaría el problema de quienes pierden pelo desde jóvenes y siguen diciéndose ante el espejo que con tal o cual peinado seguro que no se nota. Por eso, cuando los sorprende una foto con flash no pueden creer que esa superficie limpia y refulgente como una bola de marfil es parte de su identidad. Es como si les hubieran tomado al descuido una foto desnudos.

¿Soluciones? Sí tienen billete y no son muy machistas pueden hacer como Mick Jagger, que lleva más de 40 sesiones de injertos con todo tipo de pelo. O dejen de comer pollo pues, según el presidente Evo Morales, eso convierte a los hombres en calvos y homosexuales. Quizás matarían dos pájaros de un tiro siguiendo el consejo de uno de los líderes del ALBA cuya frondosa cabellera le gana de largo a Julio César, quien era calvo y bisexual y forjó el imperio más grande de la Antigüedad. Pero nadie le gana a Donald Trump, cuyo ridículo peinado lo está llevando a la Casa Blanca.