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Las gestas más importantes de la historia política del mundo se han conseguido en la calle. Si nos remontarnos a las revoluciones famosas o a las grandes revueltas con las que se conquistaron derechos fundamentales del ser humano comprendemos lo poderosa que ha sido siempre su voz.

En la historia del Ecuador republicano hemos tenido infinidad de episodios heroicos con la calle como el principal escenario de lucha y conquista social. Allí surgieron líderes y cayeron tiranos, se rompieron cadenas, se aplacaron vergüenzas, se descubrieron mentiras, se doblegó a los déspotas, se destaparon cloacas inundadas de porquería.

Allí se derramó la sangre de culpables e inocentes y se cometieron injusticias, ciertamente. Allí la libertad nació de un grito que nadie ha podido silenciar. 
Más de una vez los gobernantes de turno subestimaron a la calle. Dijeron que eran pocos los que allí se convocaban, que eran voces sordas las que de ella surgían, que eran lágrimas falsas las que allí discurrían. Dijeron tantas tonterías que la calle los calló…

No comprendieron nunca que puede haber mucha gente gritando detrás de las paredes sin provocar ningún efecto, pero que basta una sola voz en medio de la calle para levantar a todo un pueblo.
Durante los últimos tiempos la protesta social se trasladó a las autopistas tecnológicas y la gente abandonó la calle.

El vértigo, la inmediatez y la comodidad reemplazaron las manifestaciones reales por rebeliones virtuales, en su gran mayoría insulsas, muchas de ellas anónimas, especulativas y tendenciosas, y, por tanto, poco creíbles y menos aún efectivas. 
Sin embargo, el domingo anterior, frente a la información confusa y oscura que emitía el organismo de control electoral, frente a los festejos anticipados de un partido, frente a las sospechas y dudas que cayeron sobre las elecciones, la calle resurgió como un instrumento legítimo de protesta y reivindicación de derechos.

Su reclamo, firme y altisonante, no se detuvo hasta que la autoridad emitió los resultados finales que confirmaban lo que habían anticipado días antes todos los conteos rápidos de votos: que el próximo presidente se elegirá en segunda vuelta. 


En esta ocasión la calle hizo frente a las arbitrariedades e ilegalidades que se cernían sobre la elección. Ejerció presión y convocó a los actores a respetar la decisión popular. La oposición, que venía fragmentada desde siempre, se unió en ese espacio alrededor de un postulado: la democracia se ejerce con transparencia, respeto, tolerancia, diálogo y libertad.


Todos los gobernantes, los de hoy y los de mañana, deben entender que esa calle que alguna vez los encumbró, en el futuro bien los puede condenar. Los gobiernos que se desvían hacia la tiranía, que coartan las libertades, que auspician la ilegalidad y encubren la corrupción, cuando no son castigados a tiempo por la justicia, son juzgados por una calle que grita, hierve y contagia, una calle que cuando empieza a protestar, no se detiene.