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Gracias al guía espiritual elegido hace unos cuantos años, la población tiene quien le “enseñe”:

1. A seleccionar la comida que al organismo le conviene degustar, obviamente, el alimento extranjero está vetado.

2. A considerar a las utilidades de una empresa como desproporcionadas y, por ello, a limitarlas y entregarlas al Estado, ya que el dinero es un producto que puede ser nocivo.

3. A discriminar a las personas cuyas remuneraciones son elevadas, puesto que atentan a la paz social: los que se esfuerzan y se superan en la vida se aprovechan de los que menos tienen.

4. A que consumir alcohol es perjudicial, por ello se limita la venta de estas bebidas.

5. A que es mejor la cocción de los alimentos en cocinas de inducción, por lo que ahora al pueblo le conviene adquirir nuevas cocinas e instalar, a su costo, tomacorrientes de 220 voltios.

6. A que toda protesta es conspiración, a pesar que la Constitución prevé el derecho a “manifestarse en forma libre y voluntaria” (66.13).

Este tipo decisiones adoptadas, con las que la mayoría del pueblo no está conforme, es parte de nuestra realidad.
La población se está acostumbrando a que alguien decida sobre sus gustos, sabores, colores y conveniencias.

En las preferencias personales de vida. En aquello que puede ser hasta íntimo, como la forma de divertirse, de expresarse, de gastar, de consumir, de alimentarse, de cocinar.
Eso podría calificarse de fundamentalismo.

¿Cómo se define al fundamentalismo? El Diccionario de la Lengua Española dice: “1. Movimiento religioso y político de masas que pretende restaurar la pureza islámica mediante la aplicación estricta de la ley coránica a la vida social… 3. Exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida”.

Ante la irrupción violenta de los musulmanes en el Oriente Medio y el crecimiento de la población musulmana en todos los continentes y de manera alarmante en Europa, parece que por estos lares está invadiendo la plaga del miedo a expresarse, a sostener una idea distinta a la de los jefes, del califa.
Se está olvidando la posibilidad de rechazar lo que se considera errado.

Día a día se degüella el libre albedrío del ciudadano.
La sana crítica está proscrita, a menos que no se la diga en voz alta.

Es preocupante que a medida que transcurre el tiempo, aquellas notas características de la democracia vayan desapareciendo, de acuerdo con los designios del jefe supremo, que para los musulmanes es el califa, y lo que el califa crea es un califato en el que las decisiones son adoptadas y cumplidas a rajatabla, aplicando sanciones drásticas, sin contemplaciones para aquellos considerados de herejes.

“Un gobierno suficientemente grande para darte todo lo que se te antoja, es lo suficientemente fuerte para quitarte todo lo que tienes” (Gerard Ford).

portiz@elcomercio.org