Pablo Cuvi

Cafeína y revolución

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30 de mayo de 2014 22:12

Dime qué droga tomas y te diré cómo eres. De los muchos análisis que he leído sobre la oprimida y devastada Venezuela ninguno le da el peso correspondiente a los excesos de la cafeína, no obstante de que por diversas fuentes, incluidas sus declaraciones, sabemos que el comandante, que de Dios goce, consumía más de cuarenta tazas de café por día. Paul Berman, que charló con él, dijo que era “radioactivo” y tenía “diez veces más energía que un humano normal”. ¿Cómo así?

En los buenos tiempos de la creación literaria vivía yo en un cuartito donde, en vez de desayunar, me sostenía con café filtrado y Full Blanco. ¿Resultado? Mañanas fulgurantes, dos libros de ficción y una gastritis respetable. Por eso hablo, porque a sus incontables tazas, Chávez añadía la nicotina de sus muchos cigarrillos y la droga más agresiva de todas: el poder político ilimitado con una chequera ídem. Semejante mezcla explica un aspecto clave de su impulsiva y a ratos delirante personalidad y su atolondrada forma de gobierno. Y podría explicar también el origen de su enfermedad.

No, nadie está descubriendo aquí el agua tibia. Hace 90 años un general del Ejército Rojo confesaba que si no hubiera sido por el café y la cocaína que los mantenía despiertos noche tras noche durante semanas enteras no hubieran podido derrotar a la contrarrevolución de los rusos blancos. Tampoco hubiera podido Honorato de Balzac, sin la exquisita mezcla de café que ingería sin tregua, escribir su monumental ‘Comedia humana’. El precio que debió pagar ese trabajador incansable, fanfarrón y genial, fue la hipertensión, la ceguera y un corazón que se detuvo a los 51 años.
No café sino anfetaminas era lo que consumía el filósofo marxista-existencialista Jean Paul Sartre para escribir su ‘Crítica de la razón dialéctica’. Cuando le observaron el peligro que corría, arguyó que su obra era más importante que su salud.

La obra traía una larga y brillante introducción, pero el resto era enredado. Por la misma época Kennedy, quien sufría de terribles dolores de espalda, recurría a un coctel de anfetaminas y otras cosas que le inyectaba Dr. Feelgood, hasta que otro médico insistió en que alguien cuyo dedo podía aplastar el botón rojo de la guerra nuclear no debía usar esas drogas. En la misma línea, para amortiguar las punzadas de la gastritis adquirida en las campañas de la Independencia, el general San Martín tomaba láudano, bebida elaborada con extracto de opio. He sostenido antes que si en lugar de un calmante hubiera bebido estimulantes no le habría dejado mansamente Guayaquil y el Perú a Bolívar.

También he recordado en esta columna que, usada con mesura, la cafeína fortalece aptitudes cognitivas como la memoria y la atención, y, al incrementar el nivel de la dopamina, aumenta la motivación y la sensación de recompensa. Usada en exceso por un iluminado puede desembocar en una ampliación de la ‘Comedia humana’ o en otra Venezuela.