Farith Simon

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@farithsimon

En el 2015 se conmemoran 800 años de la Carta Magna, documento con el que muchos estudiosos identifican como uno de los antecedentes más importantes en el proceso histórico de reconocimiento y consolidación de los derechos humanos.

La Magna carta libertatum era un compromiso, por medio del cual el rey Juan concedió a los miembros del clero, los señores feudales y a los mercaderes una serie de privilegios. Ni más ni menos que un contrato (muchos historiadores los llaman contratos de dominación), entre quienes se consideraban iguales, un compromiso entre pares; una relación basada en un intercambio, en la reciprocidad de prestaciones, se ofrecía lealtad a cambio de protección.

En el contexto medieval no se puede hablar de derechos humanos, esta es una noción de la modernidad, pero la Carta es uno de los primeros intentos por limitar el ejercicio del poder y establecer condiciones mínimas para garantizar la seguridad personal y patrimonial.

Aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), Bobbio sostenía que la humanidad tenía que alejarse de la discusión sobre las razones de los derechos y enfocarse en su protección, es decir, dejar los porqué para concentrarse en el cómo garantizarlos. Una visión optimista que creció con la caída del Muro de Berlín, con el fin de la Guerra Fría, se pensó que podíamos encarar el futuro de manera distinta, que la comunidad internacional dirigiría sus esfuerzos a mejorar la calidad de vida de los seres humanos, construir condiciones para la paz y la seguridad. El entusiasmo duró poco, los conflictos étnico, políticos, religiosos, el hambre, la degradación de la naturaleza, la crisis económica, nos han recordado lo frágiles que somos los seres humanos y lo endebles que son los acuerdos de la comunidad internacional, nos ha hecho dudar de la capacidad de la humanidad para encarar estas amenazas.

Frente a estos hechos el discurso que rodea a la noción de los derechos puede parecer retórica pura, sin mucho sentido práctico, pero que de forma repentina cobra importancia real, concreta, cuando una fotografía, una sola imagen, nos recuerda de qué estamos hablando. Un pequeño niño, Aylan, de apenas de tres años, boca abajo en una playa muerto, que parece descansar de sus juegos, nos recordó que estamos frente a un imperativo ético, ante la obligación de defender una idea simple pero con un gran poder: todos los seres humanos somos valiosos; no existe proyecto político, económico, ideología, creencia religiosa, que pueda justificar lo que viene sucediendo en Siria, en Palestina, en la frontera entre Venezuela y Colombia, entre México y Estados Unidos o en Europa donde se construye muros simbólicos y reales que dejan en la indefensión a miles de personas que huyen del hambre, de la violencia, de la brutalidad o simplemente buscan una vida mejor.

Los derechos tienen un valor real, 800 años después la humanidad sigue buscando asegurarlos.