Monseñor Julio Parrilla

'La buena educación'

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8 de December de 2013 00:01

Mi hogar fue el primer espacio de la socialización, cuando los sentimientos eran mucho más importantes que las palabras y, de la mano de la madre, aprendías a descubrir el significado de las cosas, no por la fuerza del léxico, sino por el vínculo y la ternura de quien te transmitía el sabor de la vida, a golpe de transparencia y de coherencia. Ya de adulto, metido de lleno en el realismo de las cosas, descubrí que la buena educación es como el aceite reparador que hace que el engranaje de las relaciones humanas funcione, más allá y por encima de las diferencias. No es por casualidad que, en su cuarta acepción, en el Diccionario de la Real Academia, "engranaje" signifique "enlace, trabazón de ideas, circunstancias o hechos" .

Digo estas cosas a raíz de una pequeña anécdota, no por pequeña irrelevante. Días atrás tuve que presidir el funeral de un Rector de Universidad, fallecido en trágico accidente de automóvil. Al entrar en el auditorio universitario, antes de revestirme para la liturgia, me acerqué a saludar a la familia, quebrada por el dolor (¡qué entereza la tuya, querida niña, qué hermosas tus palabras, tu capacidad de consuelo y de esperanza!). Al ver a las autoridades universitarias del Gobierno, me acerqué a saludarlas. Lo hice por educación, solidario con el dolor humano y porque, ¡caramba!, eran las autoridades... Ni se levantaron ni expresaron el más mínimo gesto de atención o de cordialidad. Quizá, en estos tiempos, no es políticamente correcto saludar a un obispo en público, aunque tengamos que tragarnos la misa, la homilía y el sentimiento religioso de un pueblo que pone sus muertos en manos de Dios. Yo hice lo que tenía que hacer, lo que me pedía el cuerpo y mi conciencia de hombre de bien, lo que me enseñó mi madre. ¡Duros tiempos son estos, en los que la ideología está por encima de la buena educación! Más allá de la anécdota, están los valores que transmitimos, el ejemplo que damos. La democracia revolucionaria no consiste en sacar adelante nuestros proyectos, por maravillosos que nos parezcan, caiga quien caiga, sino en reconocer el valor de las personas, lo que ellas son y representan, capaces de aportar, de participar, de construir una sociedad más justa, humana y solidaria.

Si la Universidad se distancia de esto, no hay calificación que le dé legitimidad. En estos días de calificaciones y descalificaciones me he preguntado una y otra vez: ¿quién calificará a los calificadores? Más allá de los parámetros objetivos, académicos y científicos, está la calidad humana, la capacidad de reconocernos, de respetarnos, de compartir,...

La mejor universidad no es la que te enseña una "educación bancaria" (¿recuedan a Paulo Freire?) de contenidos estáticos que, al poco tiempo, se vuelven obsoletos. La mejor universidad es la que te abre la mente y el corazón, la que te enseña a amar todo lo amable, a pensar críticamente y a investigar el misterio de la ciencia y de la vida. Pero, sobre todo, es la que te enseña a respetar y amar a las personas, aunque no piensen como tú. Para ello, hay que tener una grandeza moral y una finura de espíritu profundamente humanistas y, para muchos de los que habitamos este planeta, profundamente cristianas. En fin, yo seguiré saludando .