Rodrigo Borja

La brecha digital

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Los prodigiosos inventos de la informática han producido cambios fundamentales en la cultura, ciencias, organización social, gobierno, política, economía, educación, comunicaciones, negocios, deporte, cine y demás actividades humanas, incluidas las delictuales.

El escritor español Manuel Castells —en conferencia que le escuché en el Ayuntamiento de Barcelona— afirmó que “la economía digital está centrada en el conocimiento y en la información como bases de la producción, la productividad y la competitividad, tanto para empresas como para regiones, ciudades y países”.

Pero la informática tiene un efecto polarizador al interior de los países y entre ellos. Las sociedades marchan a velocidades cada vez más distantes, según manejen o no las tecnologías electrónicas. Y es la denominada “brecha digital” la que marca esas disparidades entre las personas dentro de los Estados y entre los Estados en la comunidad internacional.

Y, tal como van las cosas, la línea divisoria entre “los que saben” y “los que no saben” —lo mismo entre los países que entre las personas— tiende a profundizarse.

El nivel de conexión con Internet es hoy uno de los parámetros primordiales para medir el avance de los países. Las cifras demuestran la brecha digital. La isla de Malta (con su pequeña población de 400 000 habitantes) ostenta la segunda cifra de “conectividad” a escala mundial, con el 78,3% de su población conectada con Internet. Le antecede Inglaterra con el 79,8% y siguen Nueva Zelandia 77,6%, Corea del Sur 77,3%, Islandia 76,5%, Suecia 75,2%, EEUU 74,7%, Japón 73,8%, Canadá 71,7%, España 70,6%, Singapur 68,3%, Australia y Noruega 68,2%, Francia 67,7%, Alemania 67,1%, Holanda 66,2%, Suiza 61,6%, Taiwán 60,5%, Polonia 52%, Italia 50,1%, Argentina 48,9%, Turquía 34,5%, Brasil 34,3%, Rusia 27,1%, México 24,6%, Vietnam 24,3% y China 22,4%. El conjunto de los países árabes no llega al 1,6%.

Las cifras evidencian el mundo dual de un pequeño número de países que dominan las tecnologías de última generación, las comunicaciones planetarias, el comercio digital a través de Internet —donde el capital se moviliza las 24 horas del día por los mercados financieros globalmente integrados— y el lenguaje digital —producen cuatro de las cinco palabras y cuatro de las cinco imágenes de las comunicaciones planetarias— frente a una amplia constelación de países desconectados del quehacer científico y tecnológico.

Los flujos financieros internacionales son descomunales. Miles de millones de dólares se negocian en pocos segundos a través de los circuitos electrónicos que abarcan el planeta.
El desafío es disminuir la brecha digital. Ampliar y profundizar el uso de las nuevas tecnologías para que los países pobres y atrasados participen de los beneficios del avance científico, disponible para toda la población. En suma: democratizar los recursos tecnológicos.