Juan Esteban Constaín

De brazos cruzados

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La imagen ya es muy famosa y recurrente, pero no por eso es menos conmovedora. En ella se ve a Hitler perorar como un loco –como el loco que era–, y delante de él, abajo de la tarima, se ve a una muchedumbre que lo contempla absorta y que le extiende, lo más alto que se pueda, el brazo derecho del saludo nazi, reglamentado desde julio de 1933 con un decreto que decía que solo quienes no tuvieran brazo derecho podían alzar el izquierdo.

Adondequiera que él fuera, arrastraba multitudes que lo aplaudían a rabiar y levantaban lo más alto que se pudiera el brazo derecho, y los que no lo tenían levantaban el izquierdo; casi agradecidos, qué tragedia. Un líder y un pueblo y un imperio, demasiada gente orgullosa de ser demasiada.

Pero hubo quienes no levantaron la mano; hubo quienes no agacharon la mirada. Entre esa muchedumbre que está en la foto hay uno solo que no está saludando ni tiene ningún brazo arriba, aunque los tenga ambos consigo. De hecho los tiene cruzados, mirando al frente con desprecio y altivez. Una imagen perfecta, una lección: el loco suelto, la multitud a su lado, y un héroe solitario que ni siquiera sabe que lo es.

¿Quién es él? ¿Cuál era el nombre de ese valiente tan callado? Nadie lo sabe con certeza, y la historia detrás de la foto y de las pesquisas para identificar a su verdadero protagonista hace parte de esa magnífica novela insinuada, y que conmueve e intriga.

La foto se tomó el 13 de junio de 1936 en los astilleros de la Blohm & Voss, en Hamburgo, cuando la inauguración del buque escuela Horst Wessel, que luego les sería entregado como botín de guerra a los Estados Unidos y que aún hoy navega bajo esa bandera aunque con otro nombre. Algo que Hitler no podía siquiera imaginarse cuando ese día de verano fue a exaltar en su discurso, parado en esa tarima, la grandeza del pueblo alemán y el compromiso de sus trabajadores. De casi todos ellos.

Fue justo cuando alguien tomó para la historia esa foto que hoy está en La Topografía del Terror, el museo de Berlín sobre los horrores del nazismo. Durante años nadie supo quién era ese tipo que no había levantado la mano, hasta que en 1995, en un periódico de Hamburgo, el médico y escritor Till Bastian puso un aviso en el que pedía información sobre él, pues pensaba incluirlo como un ejemplo en su libro ‘Valor civil: la banalidad del bien’. A los pocos días una mujer lo llamó a decirle que era la hija del hombre al que buscaba. Su padre se llamaba August Landmesser y desde 1935 estuvo casado con Irma Eckler, una judía; en 1937 ese matrimonio le valió un juicio en el que lo condenaron por “deshonrar a su raza”. ¿Era él? Quizá. Solo que luego apareció otro hijo diciendo que ese era su padre y que se llamaba Gustav Wegert. Empezó así una novela cuyo enigma no se ha podido resolver. Y tal vez sea lo mejor: que no sepamos el nombre de su protagonista.

O que él, como un símbolo, cargue con todos los de aquellos que en la vida han levantado la mirada cuando los demás levantaban la mano.