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7 de December de 2012 00:00

En este mundo aparatoso y bullanguero mediado por lo espectacular, las acciones pacientes y silenciosas, si bien necesarias, carecen de prensa y reconocimiento. Hablo en particular de la ilustración científica, un género pictórico que ha estado presente en nuestro país desde el siglo XVIII en que La Condamine hiciera sus valiosos estudios sobre la cascarilla o quinina, mágico remedio de fiebres terciarias. Buenos ilustradores como Joaquín Pinto, ilustrando los hallazgos arqueológicos de González Suárez o Rafael Troya los del vulcanólogo alemán Stubel, son solo unos pocos ejemplos.

Debido a ello celebramos de manera entusiasta la exposición que se ha montado en el Museo de la Acuarela y Dibujo Muñoz Mariño de la obra de 20 años de María Dolores Salgado, ‘Botánica’. Por un lado, el Museo da cabida a caminos nuevos, indaga sobre otro tipo de representaciones sin apartarse de sus objetivos, y por otro, Salgado finalmente nos deja ver en vivo y directo 64 acuarelas originales, tintas, plumillas y dibujos, de nuestra flora medicinal y ornamental, dotándoles a algunas de pequeñas notitas sobre su valor mágico y curativo. El aguacate, para los niños que no andan breve, se friega en la rabadilla y en las piernas en un día de bastante sol.

Muchas de las acuarelas fueron publicadas en su libro ‘Plantas que sanan’ (Quito, Petroecuador, 2007), otras, como la bellísima colección de orquídeas, se presenta por vez primera. En esta se puede apreciar el delicado balance entre la ciencia y arte. En su camino, la diferencia entre ilustración científica y dibujo artístico seria inspirada por otro gran ilustrador, Patricio Vélez, ecuatoriano radicado en Barcelona. De una sola vista, el espectador observa las características de la planta, la corteza, su textura, el color, las semillas, en envés y revés de las hojas; además, la artista plasma el movimiento característico, su lugar en el espacio blanco de la cartulina, las tenues degradaciones de las tonalidades. Buena parte responden a encargos, varios de la Universidad Católica en Quito; otras son escogidas paciente y meticulosamente por su belleza. El centro detrás de buscar, recoger, guardar, observar, documentar, es transmitir un conocimiento riquísimo de una flora que está a nuestro lado y que no la vemos.

El proceso de ilustrar se ha hecho extensivo en dos talleres que Salgado ha brindado a grupos de aficionados que llegan al Museo cada vez más frecuentemente y que hacen del lugar un sitio dinámico y en directa relación con la comunidad.

El poder de la mano, de la observación directa, de la reflexión frente a la planta, de su ciclo de vida y decaimiento no puede ser reemplazado por la fotografía, ni por la más sofisticada. Aquí radica el secreto de un conocimiento mediado entre cerebro, la mano y los afectos.