Ana María Correa Crespo

Borregos y vacas sagradas

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22 de November de 2012 00:03

Nos invade un peligroso espíritu de cuerpo. Está por todas partes, y no discrimina gremio, actividad o profesión. Todos andamos de encerrón con nuestra forma de pensar. Viviendo entre cuatro paredes, empecinados en relacionarnos con quienes piensan igual que nosotros, en un perpetuo ejercicio de autoafirmación: somos los exclusivos poseedores de la verdad absoluta. Sí, nosotros y nuestro club de amigos, sea éste el partido político en el que militamos, nuestros colegas de trabajo, o la bancada legislativa a la que pertenecemos.

Es curioso, pero mientras más seguros estamos de nosotros mismos y de la supuesta valía intelectual o moral de nuestra postura, más enajenados estamos de la realidad.

El fenómeno se llama el “pensamiento grupal” y se parece mucho al estado mental de aquel emperador vanidoso que andaba desnudo ante miles de ojos que lo veían por lo que no llevaba, aunque avivaban las supuestas nuevas ropas reales, hasta que un niño desprovisto de las distorsiones de la edad adulta, de un grito lo puso en evidencia.

El llamado pensamiento grupal es peligroso y fue descrito con precisión por Irvin Janis, psicólogo de Yale y profesor de la U. de California, quien lo veía como una fuente riesgosa de toma de decisiones públicas desastrosas como Pearl Harbor o la guerra de Vietnam.

Para Janis, cuando los grupos tratan de suprimir la disidencia de los miembros en pro de la armonía del conjunto, se da el pensamiento grupal. Se evita evaluar críticamente las alternativas, para preservar el sentimiento de unidad. Es decir, la búsqueda de concurrencia se vuelve dominante y cada miembro intenta conformar su opinión a lo que creen es el consenso de la agrupación.

Entre los síntomas del pensamiento grupal está la ilusión de invulnerabilidad por la que el grupo tiende a ser excesivamente optimista y a creerse infalible. La incuestionable creencia en la moralidad del colectivo conduce a la racionalización de las decisiones y a engendrar una visión estereotipada de otros grupos, en especial de los oponentes. Los expertos de los grupos analizados por Janis subvaloraban a sus enemigos, considerándolos muy débiles, bobos o viles, como para poder negociar con ellos. La presión para la conformidad es intensa; es decir, se conmina a los disidentes, con críticas y sarcasmo, a alinearse con las opiniones del grupo. Es común la autocensura y la inhibición de crítica hace creer a los miembros que la mayoría está de acuerdo.

¿Parecido al proceso de toma de decisiones del mundo político y empresarial que nos rodea? Estamos infestados de pensamiento grupal en nuestros pequeños y grandes entornos. Así reproducimos la lógica de las vacas sagradas incontestables que conducen borregos y toman pésimas decisiones.