Andrés Vallejo

¿Y si todos fuéramos como Bonil?

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¿A quién no le gusta ser inteligente? ¿A quién no le gusta ser ocurrido, perspicaz, tener sentido del humor? ¿A quién no le gusta ser irreverente, para lo que se necesita ser fino, independiente, irónico y valiente?

Eso, y más, son Asdrúbal, Roque, Bonil, Luján, Pancho y muchos caricaturistas más que nos deleitan a diario con su ingenio, su rapidez para captar y transmitir las cosas que suceden y ven todos los días. Que en pocos trazos se pueda expresar tanto es cosa de envidia. Porque eso es lo que hacen a diario quienes dibujan editoriales mucho más expresivos que las palabras que se escriben sobre los más distintos temas.

La caricatura tiene por esencia ridiculizar. Destacar en pocas líneas los rasgos predominantes de sus víctimas, de tal manera que se los reconozca a pesar de no ser una fotografía. Eso es lo genial del caricaturista, así como su inteligencia para acertar, a diario, sobre lo que es actual, sobre lo que debe ser destacado.

¿Habrá algo tan difícil como publicar, diariamente, dibujando, lo que sucede en cada momento? Dar la importancia y llamar la atención, sobre algo que alguien –generalmente un personaje público- hizo, dijo o dejó de hacer. Estar al día en todo, discernir sobre lo destacable y lo que no, ironizando sobre la autoridad y el poder, sin temor ni favor.

Es grave -también para ella misma- que la sensibilidad de la autoridad –más sensible mientras más poderosa- llegue al extremo de la intolerancia. Después de lo negativo de crear una ley que sin duda restringe la libertad de expresión -que por ejercicio de autoridad o autocensura es ese el principal efecto negativo de la Ley de Comunicación-, es triste ver las piruetas que hacen las autoridades para justificar su acción represiva.

El último caso contra Bonil, en que se argumenta “discriminación social y económica” contra quien tiene, merecidamente, una buena posición social y económica, gracias al ejercicio de su profesión –futbolista-, sin poder hacerlo por la supuesta discriminación racial aludida, cuando la caricatura se refiere a su pobre actuación como asambleísta al leer tan mal un discurso ajeno, refleja la pobre visión de la autoridad, traición del subconsciente intolerante y represor.

Mientras siga la práctica perniciosa de candidatizar para asambleístas a grandes futbolistas o reinas que no están preparadas para meter goles en la Asamblea sino en la cancha de fútbol, seguirán existiendo motivos para caricaturizar. Eso es lo que destacó Bonil, con su acostumbrada genialidad, a raíz de una penosa actuación del querido y gran futbolista Tin, en su triste, pobrísimo, papel de asambleísta.

Si todos –incluidos los gobernantes- fuéramos como Bonil, Asdrúbal y Roque, habría más ecuatorianos inteligentes, irreverentes, independientes y, consecuentemente, un Ecuador mucho mejor, pero entonces ya no habría de quien reírse. Así que mejor no. Quedemos como estamos.