Antonio Rodríguez Vicéns

Nueva biografía de Ortega y Gasset

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En ‘Españoles eminentes’, una colección que pretende “dar a conocer la trayectoria de figuras que por sus méritos y su general reconocimiento pueden ejercer una influencia vertebradora en la sociedad actual”, Jordi Gracia ha publicado una nueva, extensa y polémica biografía de José Ortega y Gasset. Luego de describirlo como un “hombre insultantemente inteligente”, “imperialmente seguro de sí mismo y risueño, bromista, jovial, fanfarrón y seductor”, concluye que fue el “pensador más moderno, europeo y perdurable del siglo XX en España, el adversario más correoso del tradicionalismo conservador y la moral católica y, por supuesto, tras la guerra, del franquismo social como remota cuna tóxica de nuestro presente”.

En esta biografía no es posible encontrar un análisis ordenado, enhebrado y sistemático del pensamiento del filósofo español. Los libros de Ortega, como conocen bien sus lectores, no fueron el resultado de un estudio unitario y una redacción metódica de los temas sobre los que meditó. “Mis libros no son en rigor otra cosa que colecciones de artículos publicados en periódicos de gran circulación”, reconoció en una carta. Gracia, siguiendo el orden cronológico de la edición de los textos y sometiéndose quizás con exceso a su literalidad, no ha logrado entregarnos una visión coherente de ese pensamiento disperso, “impetuoso e improvisado”, expuesto en artículos de prensa, cursos de filosofía y conferencias.

En varios pasajes de la biografía y desde diversos puntos de vista, Gracia afirma enfáticamente, contrariando las acusaciones de quienes probablemente no conocen su obra o no han comprendido aspectos medulares de su pensamiento político, que Ortega nunca fue franquista. Ni socio ni cómplice de los fascismos. Todo lo contrario. Fue un demócrata, un liberal, que creyó que su deber era ir contra la corriente y “deplorar los dos totalitarismos como destinos indeseables, como síntomas de decadencia, como formas de conquista del espacio político y público de unas masas halagadas y bovinas, sin vida propia sustancial, narcotizadas por una retórica tradicionalista y unas finalidades contrarias a sus verdaderos intereses ciudadanos”.

Ortega forjó de sí mismo una imagen pública, un personaje para los demás, que le permitió ocultar sus sentimientos, sus momentos de desánimo, sus dudas y certezas, su vulnerabilidad y sus fortalezas, sus contradicciones vitales. Ni en su obra ni en su correspondencia nos acerca a su ser privado. La biografía, aun proporcionando nuevos datos sobre su vida, nos deja la sensación de que Ortega seguirá siendo un desconocido para sus lectores. Gracia lo reconoce y acepta sin rodeos: “No he dado con la ruta que lleve a la intimidad de este hombre, al lugar de lo frágil y lo incierto, al espacio intersticial donde la luz se apaga, donde la melancolía rumia o los sentimientos se licúan sin fuerzas ni para pronunciarse”.