Fabián Corral

El baile en el balcón

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Cristina Fernández de Kirchner ha bailado en el balcón de su casa de Buenos Aires al ritmo del jaleo de sus partidarios; ha concurrido a una diligencia judicial en medio de una multitud de peronistas; ha enfrentado desde la calle al presidente de la República y a los jueces; ha desafiado a la justicia y ha convertido en acto de masas un asunto de responsabilidad política, de rendición de cuentas, de transparencia.

Cristina Fernández bailando en el balcón y la multitud de partidarios aclamándola, denostando de la Justicia y del poder constituido, es un signo de los tiempos. Es evidencia del deterioro institucional a que conduce el populismo, y de la transformación de la República en un evento electoral. Es testimonio dramático de la democracia disminuida y trastocada en una ficción que se usa para llegar al gobierno, cambiar las reglas de juego en beneficio de los caudillos, y perpetuarse en el poder.

En la Argentina, la democracia ha degenerado, desde los tiempos de Perón, en una suerte de dinastía, en un curioso derecho sucesorio protegido por la demagogia y los actos de masas.

Hubo caudillos decían discursos desde el balcón y apelaban a la convicción de los votantes. Su retórica guardaba, al menos en las formas, la racionalidad de la democracia, incluso la fuerza de la revolución. Basta recordar a Velasco Ibarra en el Ecuador o a Jorge Eliecer Gaitán en Colombia. Hoy, los populistas bailan al ritmo de los aplausos.

La señora Kirchner arengando a las masas como respuesta a una investigación judicial, es un episodio que anuncia males mayores, que certifica la muerte de las instituciones y la apelación a la demagogia para proteger los desaciertos. Es síntoma del florecimiento de la intransigencia, la intolerancia y el griterío contra los jueces. Es evidencia de que la democracia y el Estado de Derecho han pasado a la historia, y de que las responsabilidades por el ejercicio del poder ahora se ventilan y resuelven en los actos de masas, no bajo la ley, sino en la prueba de fuerzas enfrentadas, de grupos movilizados que llevan a las calles la decisión de todos los temas.

El baile en un balcón desafiando a la justicia y transformando un proceso en ocasión para desafiar a la ley, es signo del más grave retroceso hacia sistemas primarios, hacia el radicalismo de turbas.

A la liquidación institucional, se suman las consecuencias económicas a que conduce el populismo. Antes de Perón y de los peronistas, Argentina fue un país del primer mundo. ¿Qué queda de todo aquello? ¿Ha llegado la prosperidad a las masas? ¿Se sigue discutiendo el derecho de los herederos políticos de Perón, o los derechos de la gente a un porvenir menos incierto? ¿Llegó la felicidad con Néstor Kirchner y con su sucesora en el derecho a gobernar?

fcorral@elcomercio.org