9 de June de 2010 00:00

Avatares del euro

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Manuel Terán

La devaluación de la moneda europea, en casi un 20% en los últimos tres meses, ha puesto nuevamente en debate, al interior de algunos de sus países, si fue o no una buena idea adoptar una moneda única en el viejo continente. El malestar se siente con mayor intensidad en los países que hicieron las cosas adecuadamente. La batuta la llevan, sin duda, los alemanes. El país germano con una economía que se cuenta entre las tres principales del mundo, con un aparato productivo caracterizado por una gran dosis de excelencia, con un pueblo que practica la austeridad en todos los órdenes, ha debido pagar en mayor parte la factura producida por el dispendio y desorden de otras economías. El desembolso de 700 mil millones de euros, necesarios para evitar el desplome del sistema, en mayor grado salieron de las arcas alemanas. Con todo esto, la indisposición contra el modelo monetario ha crecido en forma vertiginosa. Sienten que este no camina si todos sus integrantes no se comprometen a cumplir estrictamente las reglas acordadas, dejando a unos pocos la carga del rescate cuando las cosas se ponen difíciles. Aquello no es justo ni equitativo. Los estados que generan el ahorro y dan solidez a la economía europea a la larga se ven castigados por la indisciplina de un grupo de países díscolos.

Esta experiencia es una verdadera lección para las pretensiones de crear una moneda única por tierras latinoamericanas. Vista la experiencia europea ¿se podría confiar en que determinados gobiernos de la región asuman compromisos para mantener sus economías en orden? ¿No han mostrado las experiencias de estos países que, ante las dificultades económicas, la medida más recurrida es la devaluación de sus monedas? ¿Se puede crear un sistema monetario único cuando sus integrantes se declaran contrarios a medidas que son repudiadas por ser calificadas de ortodoxas? ¿Estarían dispuestos los países latinoamericanos a que las instituciones creadas para vigilar el cumplimiento de los compromisos regionales les requieran la adopción de determinadas medidas económicas para acudir en su ayuda? ¿No calificarían a aquello como una intromisión en la soberanía de sus estados?

Claramente se puede percibir que estamos muy distantes en las posibilidades de adquirir esta clase de compromisos. Justamente, en suelo europeo se pone en evidencia que al momento de frenar los desmanes empiezan los reclamos, afloran las insatisfacciones y es allí cuando la retórica empieza a perder piso. Las personas al fin perciben que, si de veras les interesa formar parte de un mecanismo avanzado y moderno que les permita obtener un sinnúmero de beneficios, no existe la posibilidad de mantenerse al margen de ciertas decisiones y pretender continuar con prácticas que contradicen los lineamientos económicos básicos adoptados por consenso.

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