Rodrigo Fierro

La autoestima guayaquileña

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28 de mayo de 2014 22:20

Será porque vengo de Quito, lo cierto es que cada vez que llego a Guayaquil la veo con sana envidia. Del aeropuerto al Hotel Continental, en el que me alojo, la ciudad luce preciosa tanto más que para mi asombro no se ve la huella canalla de los grafiteros, aquellos que en la capital de la República hacen de las suyas en fachadas y murallas. No hay basuras en las calles, los quicuyos han desaparecido, a los árboles de las avenidas se los ve sanos y bien podados, los setos de flores lucen sus encantos, pues nadie las ha pisoteado, el césped bien cuidado. Como para no creer, si uno vive en Quito.

Un buen observatorio el mencionado hotel. Frente con frente de la Catedral, el Parque ‘de las iguanas’ de por medio, un fin de semana. Centenares de paseantes, ojo a las iguanas. Niños bien vestiditos, de clases populares, en actitud amigable con iguanas y palomas. Una familia de otavaleños: él vestido como los demás mantiene el guango, ella con anaco, blusa blanca bordada impoluta y trenzas, los dos niños ya con facciones costeñas no se diferencian en nada de los otros, los más posiblemente guayacos de cepa.

¡A chupar helados se ha dicho! Cada uno de los cuatro con su pingüino de esos que vienen con un envoltorio de papel, felices de la vida, sonrientes. Concluido el deleite, la madre con los envoltorios en mano los deposita en un basurero cercano. Todo limpio, no se ve una sola basura tirada por ahí en todo el parque. En la glorieta un conjunto de música de cámara completa el ambiente. No salgo de mi asombro, yo que vivo en Quito.

La enorme área central de Guayaquil ya constituía una ciudad de buen ver y vivir. Tres magníficos puentes la conectaban con cantones y pueblos de la provincia del Guayas y con el país. A los inversionistas se les ocurrió que Samborondón, uno de aquellos pueblos no más pasar la ría, era el lugar ideal para construir una ciudad de residencias a todo lujo, en urbanizaciones cercadas y guardia privada. Dicho y hecho, al tiempo que todos los servicios de una ciudad moderna se hacían presentes en magníficos edificios, iglesias, clínicas, y centros comerciales incluidos.

Debió apostarse fuerte y tanto como que hoy está concluido el Parque Lagos, un enorme espacio con plazoletas y callejas, arcadas, portales y pórticos, casas de ventanas de corte castellano con departamentos de vivienda, y locales de negocios tan variados como para satisfacer necesidades y caprichos de todo género. Al centro, dos lagos de aguas claras. Llega la noche y juegos de luces brotan de las piletas o caen de las farolas, luces y sombras muy bien concebidas.

Lo que se ve como para que un quiteño se quede helado del asombro.El secreto de todos los portentos reseñados, el nivel de autoestima al que han llegado los guayaquileños de todas las clases sociales y económicas.