Enrique Echeverría

Tiempo de austeridad

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Aun sin anuncio oficial de que es necesario iniciar una etapa de austeridad en los gastos, los ciudadanos venimos sintiendo que es imposible sufragar los que, hasta el año anterior, eran factibles.

Muchos nos hemos acostumbrado a una época de cierta abundancia, que se traduce en consumo de productos que pueden ser sustituidos.

La fiesta no es solo de los ciudadanos, sino de las autoridades para complacer al gran público que desea disfrutar de conciertos al aire libre, música sin costo y más aditamentos. Esas inversiones no son cortas.

El Gobierno no se compromete a elevar los pasajes del transporte público, pues no tiene dinero para subvencionar el nuevo precio.

Hoy se encuentra ante el problema –al parecer- irresoluble del tren subterráneo de Quito, ya que los cálculos hechos en la época del anterior Alcalde quedaron cortos; y, además, aunque la obra se hiciese, el anunciado pasaje de 40 centavos resulta fuera de realidad; y, por ello, mencionan un subsidio. Más, ¿quién lo pagaría? La Municipalidad de Quito, imposible, por sus cortos ingresos; el Gobierno, tampoco, pues ofreció una cantidad y no está en posibilidad de aumentarla en la cuantía suficiente.

Si se pretendiese cobrar el verdadero costo del pasaje, buena parte de los ciudadanos no utilizaría el tren subterráneo y la amortización de los préstamos, al final de cuentas, se invocaría que sea pagado por el Gobierno.

La reducción de gastos por parte de los ciudadanos, probablemente afectaría más a la clase media; y, más todavía, a los de menor ingreso económico, quienes por las facilidades de crédito, están endeudados a uno, dos y tres años plazo para pagarlos, y que dan la idea de que están económicamente prósperos. ¿Volverán a su pobreza anterior?

¿Y el empleo? En caso de reducir el ritmo de construcciones de vivienda y obras públicas, una parte de quienes laboran ahora iría a la desocupación. De igual manera, se producirían reducciones en la nómina de algunas obras y empresas; mientras cada año salen de los colegios miles de graduados que necesitan trabajar, ya que la universidad no alcanza para recibir a todos.

Diseñadores de propaganda y publicidad, no habiendo flujo como el actual para esas ocupaciones, verían reducidas sus oportunidades.

Que las autoridades midan los gastos, pues de lo contrario los únicos que sufrirían las consecuencias son los trabajadores y quienes pagamos impuestos cada vez más elevados.

El ejemplo debe partir del poder. Desde luego, si hay que priorizar gastos, no pueden disminuir el ritmo de trabajo en las centrales eléctricas y otras grandes obras ya comenzadas. Pero sí, bajar ordinarios, ya que el país no tiene reservas para enfrentar la fuerte rebaja del precio del petróleo, actualmente (salvo error) en 86 dólares el barril, contra los 94 que se vendía hasta hace poco.

eecheverria@elcomercio.org