Juan Valdano

Auguste Rodin, el imprescindible

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El mundo se ha unido a Francia en el homenaje a Augusto Rodin con ocasión del centenario de su fallecimiento, ocurrido en París el 17 de noviembre de 1917. Los salones del Gran Palai de la capital francesa albergaron las obras más representativas del célebre escultor.

Rodin, un imprescindible. Fue tan revolucionario en la escultura como lo fue Picasso en la pintura y Stravinski en la música. Después de Rodin, el arte ya no siguió siendo el mismo; con él surgió la escultura contemporánea. Incomprendido en su tiempo, rechazado inicialmente por su anti academismo fue, al final de sus días, reconocido por el valor intrínseco de su técnica, uno de los hitos trascendentales en la historia de la escultura. Rodin trasladó a la piedra y al bronce la concepción del arte que tuvieron sus coetáneos, los impresionistas.

Cuando en 1898 exhibió su “Balzac”, la escultura que representa al famoso novelista, la obra fue una provocación para aquellos cuyo gusto estético seguía atado a la tradición clásica. Un escándalo, otro affaire Dreyfus. Lejos de la imagen estereotipada del escritor, el personaje no tenía libro ni pluma en la mano. Es una figura amorfa que linda con lo abstracto; un gigante que avanza envuelto en un holgado hábito de monje, voluminoso e intemporal, luminoso y espectral y cuya mirada penetra y juzga aquella “comedia humana” de la Francia de su época. Una metonimia de la creación, la metáfora del demiurgo. Sus detractores la tildaron de “menhir milenario”. Rodin replicó con una frase categórica: “Esta obra es el resultado de mi vida, el eje central de toda mi estética”.

Existen obras icónicas que definen a un artista. A Miguel Ángel la Capilla Sixtina, a Picasso la Guernica. La obra que define a Rodin es sin duda su “Puerta del Infierno”. Esta obra monumental fue el trabajo de 37 años del artista y sus colaboradores (Camille Claudel entre ellos). Es un conjunto escultórico cuya compleja iconografía incluye más de cien estatuas. Rodin alimentó su proyecto luego de conocer las famosas puertas de bronce de Lorenzo Ghiberti (1378-1455) que se hallan en el Baptisterio de Florencia y a las que Miguel Ángel llamó “puertas del paraíso”.

Lejos del cielo y la teología, Rodin cocinó sus ideas en el fuego infernal de “La Divina Comedia” de Dante y de “Las flores del mal” de Baudelaire. De los círculos dantescos trajo a su monumento varios personajes; de Baudelaire exhumó la perdición del hombre moderno, “aquel infierno al que cada día descendemos un paso” según palabras del propio poeta. Bardo de los himnos seculares, intérprete de los abismos del alma, la fascinación por lo irracional rondó su obra. En un siglo en el que la escultura no tuvo un actor de primer orden “solo Rodin –ha dicho Pierre Francastel- alcanzó el rango de representante de una de las grandes formas de la civilización”.

jvaldano@elcomercio.org