Enfoque internacional

Asesinato en Sarajevo

Compartir
valorar articulo
Descrición
Indignado 0
Triste 1
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0
24 de junio de 2014 19:19

Una guerra iniciada en Europa y extendida después a otros continentes con un saldo de unos 10 millones de muertos. Cuando finalizó cuatro años después, el mapa mundial, la relación de fuerzas entre las grandes naciones y hasta las ideas dominantes en la cultura de comienzos del siglo XX resultaron modificadas de manera dramática.

Entre las causas del conflicto resaltan la rivalidad entre las potencias, los nacionalismos étnicos, la carrera armamentista y las ambiciones territoriales. Precisamente, la chispa que provocó el incendio fue la expansión del Imperio austrohúngaro hacia los Balcanes con la anexión de Bosnia-Herzegovina en 1908. Para resistir la anexión, los serbios crearon un movimiento político con una rama terrorista de la cual saldría el autor del magnicidio, Gavril Princip. Su víctima, el archiduque, era sobrino y heredero del emperador Francisco José, quien tras el atentado lanzó un ultimátum a los serbios. A partir de ese momento una inexorable cadena de hechos generalizó la guerra.

El Imperio, respaldado por la poderosa Alemania, declaró la guerra a Serbia; Rusia apoyó a Serbia y entró en guerra con Alemania y el Imperio; Alemania atacó a Francia, aliada de Rusia; y Gran Bretaña se alió con Francia y Rusia.Los dados estaban echados mientras el mundo asistía entre perplejo y consternado a los prolegómenos de una conflagración de un tamaño sin precedentes en la historia del género humano.

En 1918, al terminar la “Gran Guerra”, el mundo ya no era el mismo. El Imperio austrohúngaro dejó de existir al igual que el Otomano. Los bolcheviques eran los nuevos amos de una Rusia que pronto engulló a otras naciones. Alemania cedió territorios y su poderío quedó seriamente menguado por la devastación y las condiciones impuestas por los ganadores. Europa, desolada y empobrecida, perdió gravitación en la escena global, en tanto se perfilaban dos nuevas potencias no europeas, Estados Unidos y Japón, que en mayor o menor medida participaron en la contienda.

En la memoria colectiva quedó la imagen de la interminable guerra de trincheras, con millones de soldados hundidos en el lodo y en donde medios de combate más modernos como el avión y el submarino alternaron con la caballería, el uso del gas mostaza y las cargas a bayoneta calada. Una imagen tenebrosa que, pese a todo, no aventó para siempre el belicismo.

La Primera Guerra Mundial con su secuela de destrozos materiales y la pérdida de generaciones enteras de hombres caídos o heridos en el campo de batalla clausuró una era feliz, la Belle Époque europea, en donde los avances de la ciencia y la cultura en todos los planos parecían haber alejado definitivamente el fantasma de la lucha armada.

La idea de que la civilización había retrocedido desde el asesinato en Sarajevo con la pérdida de fe en un porvenir común abrió paso a nuevas concepciones del mundo y de la vida e ideologías intolerantes y totalitarias como el fascismo y el comunismo.

El País, Uruguay, GDA