Enrique Ayala Mora

El asesinato de Otamendi

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Luego de la “Revolución marcista” de 1845 y el retiro de Juan José Flores del poder, empezó la persecución contra su familia y sus partidarios. El general Juan Otamendi se encontraba en una propiedad cercana a Alausí, cuando fue apresado por orden del presidente Roca. Todavía convaleciente de una herida, fue conducido a Babahoyo. Allí abordó una canoa que lo conduciría a Guayaquil.

En la primera jornada llegó a Yaguachi, que estaba de fiesta. Al desembarcar, el populacho intentó linchar a Otamendi. La escolta dispuso que el general volviera a embarcarse en la canoa. Un sargento lo obligó a dar el primer paso. Cuando trataba de saltar dentro del bote sonaron disparos efectuados desde la orilla. Otamendi reaccionó y les gritó a sus asesinos: “¡Miserables! No se mata así a un valiente, a un soldado de la Independencia.” Era el 18 de agosto de 1845.

Fue un asesinato a sangre fría, que se trató de justificar argumentando que el preso intentaba fugar o seducir a la escolta. El crimen había sido ordenado “desde arriba” y el jefe de la escolta quedó absuelto por la muerte y por la prisión de Otamendi.

Le Gouir afirma que había sido “el hombre que por su autoridad, su altanería y sanguinarios instintos, más contribuyó a que tildaran de militarista el régimen floreano”. Y añade: “Mulato arrojado y de fuerzas hercúleas, soldado de fortuna, hábil táctico, Otamendi nunca logró la popularidad: antes bien, a despecho de los servicios que le debía la República, se atrajo la odiosidad del pueblo a causa de sus instintos sanguinarios y de su insolente altivez”.

Liberales como Roberto Andrade y Pedro Moncayo estigmatizaron a Otamendi como verdugo. Su imagen negativa es casi unánime. Se dijo que era “feroz, sanguinario, cafre, inmoral, cruel, dipsómano, vengativo, terrible, implacable, hiena”. Pocos, quizá ninguno, de nuestros líderes políticos ha sido tratado de esa forma, aunque no pocos fueron más sanguinarios y menos meritorios que Otamendi. El ser negro y pagado de sí mismo era un “agravante”.

Resulta difícil juzgar a un personaje tan complejo. Es evidente que cumplió un papel destacado en las luchas por la Independencia. Es cierto que en muchas acciones castrenses, aún al enfrentar insurrectos, tuvo actos de prudencia y humanidad, de los que se habla poco. Pero también es verdad que cometió actos de feroz represión, que no pueden justificarse aunque hubieran sido cumplidos por orden superior.

Pero su mala fama se debe quizá a dos causas adicionales. Primero, era mulato, visto como negro, que había ascendido socialmente. Y eso no le perdonó la sociedad racista dominante. Segundo, era el brazo derecho de Flores. Cayó víctima de la situación de violencia en que le tocó vivir, del racismo dominante y de la reacción desatada contra el dueño del poder al que sirvió.

eayala@elcomercio.com