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fcorral@elcomercio.org

Arthur, como tantos otros perros callejeros, seguramente fue un animal huérfano de casa y cariño, pero tuvo la fortuna de encontrarse en el recodo del sendero, en un descampado de la ruta, con los aventureros de Huairasinchi.

Siguió a su instinto de supervivencia, se metió entre los suecos, conquistó su afecto, se lanzó al río tras el kayak, y persistió en el empeño por convertirse en su mascota. Lo logró y se fue a Suecia.

¿Qué importancia tiene el perro -me decía alguien-, si hay tantas cosas de qué ocuparse? Sí, yo también me pregunté ¿por qué Arthur se convirtió en noticia; por sensiblería, por novelería, porque los derechos de los animales están en boga?, ¿porque nos encanta la telenovela?

El perro, sin casta ni mucha pinta, desplazó a las “noticias importantes”, ocupó espacios en la prensa y en la televisión, y se transformó, además, en estrella de la Red. Del absoluto anonimato, de su vida precaria de alimaña abandonada, pasó a la fama. Curioso.

La dimensión mediática del tema es, quizá, la menos importante. En tiempos del “homo vídens” todo es posible: la noticia hecha imagen suplanta a la realidad, reescribe la historia y, en ocasiones, niega la verdad, la edita y falsifica; construye mundos virtuales y hace irreconocible la dimensión humilde y terrestre de la vida cotidiana. Lo más importante, en el caso de Arthur, es que puso en el tapete aquello de que hay una nueva sensibilidad, que la sociedad ha cambiado en innumerables aspectos, que hay perspectivas distintas que algunos no advierten, ya sea porque están ocupados en solventar el día a día, ya porque andan embobados con la política y el poder, ya porque el sistema empuja al consumo, o porque algunos no acaban de entender que el mundo va más allá de la vía pavimentada, que las cosas, a veces, son diferentes y más complejas de aquello que satura la agenda.

Y estando en estas, llegó el perro con su implícito mensaje de humildad, con su pobreza, con su facha de ordinario, con su historia de campo, río y tierra, con su aventura simple, desprovista de grandezas, humana y perruna a la vez, con pulgas, sarna y alegría, con la cola presta a afirmar su nueva lealtad.

Arthur se nos metió por la ventana y puso una nota distinta en la noticia, y hubo otro personaje en la Red. Arthur convocó nuestro interés transformado en emigrante insignia.

Arthur, además, convocó a los recuerdos de los perros que nos han seguido buscando comida y cariño; de los que crecieron con los hijos; de los que fueron parte de la familia; de los que quedaron en las fotos, y de alguno que llegó y se fue para no volver.

Arthur rememoró la humildad olvidada, esa que contradice las arrogancias y “grandezas” que son ahora la sustancia de la vida.