Alfredo Astorga

Área de candela

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La expresión viene del fútbol. Refiere al territorio contiguo al arco, donde termina la cancha y hay aroma de gloria. Es el área chica, la zona caliente donde “queman las papas” y se mira con los dientes apretados. Un espacio íntimo donde todo es inminente y el tiempo se congela. No se puede esperar ni evadir responsabilidades. No sirve mentir, alardear, hacerse el gil.

El área de candela está presente en muchos campos, personales, colectivos, institucionales. Ahora mismo en la política, las definiciones se juegan en el nuevo Gabinete. Se han desperdiciado ya varias avanzadas, pero no sirve llorar , El arrepentimiento no vale nada.

El público ciudadano sueña con un gol definitorio: el fin del autoritarismo, sus sombrías estructuras, sus ejércitos sin voz, sus huellas en la sangre. Algo queda claro: no se puede lograr algo distinto con las mismas jugadas y los mismos intérpretes. Peor aún, si dos de ellas juegan en contra. Que se queden los pocos probos y competentes. Y al resto –atornillado sin pudor- que se los empuje con las dos manos. Presidente: ya está en el área de candela. Se le acaba el tiempo. Apunte bien.

En la educación también existe un área de candela. Donde se juega lo esencial o se termina pidiendo tiempo o engrandeciendo lo secundario. Nuestra área chica es el aprendizaje o los aprendizajes. Los que se construyen en el aula y más allá. Los que constituyen el corazón del sistema. Que no puede sustituirse por edificios ni gestión, por financiamiento ni escolarización. Éstos cobran valor solo si tributan a los aprendizajes.

El último informe del Banco Mundial -que recupera múltiples voces- ha puesto el dedo en la llaga: ingresar a la escuela no implica necesariamente aprender. Los vacíos de aprendizaje siguen siendo impresentables. Hay más gente en las escuelas, pero saben igual o menos que antes.

Hay que mirar entonces a esos nichos medio secretos que definen qué aprender, para qué aprender, cómo aprender, con qué niveles de aceptación. Estas esencias se cocinan a fuego lento en las instancias de estándares educativos, currículos nacionales, procesos de evaluación. Este trío y sus sellos marcan el modelo educativo. Lo marcan para sostener rutinas arrugadas o para reventar rituales y recrear respuestas luminosas para los nuevos seres humanos y la sociedad.

Nosotros sabemos poco al respecto, discutimos menos, innovamos casi casi nada.

En la zona caliente no caben distracciones ni discursos. Hay que anotar para transformar.

Ahora mismo estamos construyendo –aunque un poco deslucido- un Acuerdo Nacional por la Educación. Qué mejor oportunidad para apostarlo todo por un viraje en el modelo, uno que sacuda el polvo acumulado. No más rodeos ni golpes de efecto. Hay que anotar. En el área de candela, nada está escrito pero es casi imposible perder.