Julio Echeverría

El poder arbitrario

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13 de April de 2014 00:02

La lectura que el Régimen ha dado al resultado electoral del 23f es sorprendente por su capacidad de auto-ocultamiento de la realidad.

Obedeciendo a una clara lógica mediático publicitaria, trata de convencer y de convencerse de la inexistencia de una derrota político electoral, intenta ocultarla mediante malabares numéricos con el fin de persuadir a sus seguidores de que aún siguen siendo la primera fuerza política del país.

Pero la realidad es reacia a ocultarse y deja entrever algo sumamente desconcertante: no solamente que la oposición al modelo y al Régimen de AP ahora está regada por todo el país, sino algo más grave aún: que todo el modelo depende de una sola persona que decide por encima de cualquier instancia política de construcción democrática de las decisiones.

Lo que quiere ocultar la estrategia mediática es el cansancio de los electores al percatarse de que Alianza País no es más que Correa, que el resto no es otra cosa que fieles seguidores, repetidores de un libreto que patina ya en la cansina reiteración de sus logros.

Frente al intento de ocultamiento del carácter de la derrota, aparece de manera torpe y desesperada la única solución posible: el recurso a la reelección indefinida. El Régimen trata de curar sus heridas con el mismo veneno que ahora lo consume, apelar al personalismo del líder, insistir en él como único elector con capacidad de detener la implacable tendencia al desgaste y a la derrota en el 2017.

Los últimos hechos (la usurpación de la inmunidad parlamentaria del legislador Cléver Jimenez, el pedido y la exigencia de disculpas públicas por supuestos atentados a los derechos, implementados por un Superintendente de Comunicaciones cuya designación fue cuestionada), ponen en evidencia la sujeción a un poder sin límites, donde la decisión reposa en una sola persona que con sus hilos maneja múltiples instancias de control judicial, legislativo, administrativo y mediático, que incluso quiere escapar de las instancias internacionales de justicia, a las que declara no competentes para observar los actos cometidos.

Todo el aparataje público está al servicio de una noción de poder que antagoniza con los adversarios en lugar de generar consensos, y que intenta construir su legitimidad sobre la polarización.

La arbitrariedad de estas acciones no puede sino conducir al debilitamiento del Régimen y con ello a la puesta en evidencia de su desesperación por la imposibilidad de enmendar y de corregir.

Dentro de sus propias filas, la unanimidad que se trata de mostrar puertas afuera comienza a mostrar grietas que revelan la insatisfacción y la incomodidad con esta forma de ejercer el poder.

Pero mientras las opciones de salida de esta crisis se reduzcan a profundizar la omnipresencia del líder, será muy difícil revertir la tendencia.