Grace Jaramillo

¿En verdad, las carabelas?

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gjaramillo@elcomercio.org

Las discusiones en Alianza País –todavía a puerta cerrada– sobre el acuerdo comercial con la Unión Europea son sin duda el mejor ejemplo de déjà vu. Perdón por el francés, pero no se me ocurre otra frase para expresar una discusión que camina en círculos, siempre con los similares argumentos. Los grupos siempre han estado divididos y siempre han sido los mismos: por un lado los ministerios de Producción y ahora el de Comercio (y otros señalados de derecha) y los todavía opositores al “aperturismo bobo”, liderados supongo por quienes firmaron una carta al Presidente el 30 julio: Ricardo Patiño, René Ramírez, Guillaume Long, Pabel Muñoz y el excanciller Fander Falconí. La lección para las futuras generaciones de todo esto es una y muy simple: no se puede hacer política pública (en este caso la de comercio) desde posiciones ideológicas inamovibles.

El mundo cambia, los países cambian. Lo mejor es sostener una discusión adulta, tranquila y abierta donde se deje de lado el eterno sanbenito nacional de que el mundo se nos viene encima.Cabe anotar que en más de ocho años de Gobierno, el Presidente de la República nunca prohibió negociar el acuerdo con la UE. Y tuvo muchas oportunidades para hacerlo; particularmente a fines del 2007, cuando Bolivia se bajó de la camioneta y el Ecuador tuvo el argumento perfecto para decir que la desunión en la CAN hacía imposible una participación equitativa. Ahora es la palabra del país y del Presidente las que están en juego y paralizarlo o peor aún, aprobarlo “para denunciarlo en seis meses” -como diría algún diputado de Gobierno- no es de un país responsable, sino de una no republic.

Lo que sorprende aún más de la discusión es lo mucho que no se dice. En la última década se han firmado más de 1 300 tratados de este tipo en el mundo y ni son una panacea para el desarrollo, ni su sola aplicación ha quebrado a ningún país. Académicos serios sostienen que la ubicuidad de estos tratados ha reducido riesgos y el no tenerlos ha aumentado vulnerabilidades. Es decir, si firmamos con la UE apenas estamos salvando los muebles, la capacidad instalada de producción, por si llega el cambio de matriz productiva. Por cierto, no hay prohibiciones en estos acuerdos para hacer política industrial contemporánea. Y sobre este último punto, ningún país en ninguna parte ha sido impedido de hacer política pública tras la firma de estos tratados, siempre que sean razonables (porque imponer 144 reglamentos técnicos en un año…). Puedo atestiguar el caso de Canadá, tras la firma de Nafta 20 años atrás: ni aceptaron los pollos con hormonas, ni quebró la agricultura de cereales.

México por el contrario, levantó las manos y dejó hacer. Ecuador puede escoger qué hacer. Siempre va a haber costos de competir en el mundo -tecnología y propiedad intelectual en este caso-, pero nada que un Gobierno que dice haber recuperado el estado no pueda solucionar con buena política pública.