Fabián Corral

Aproximación a la palabra

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La aproximación a la palabra es, quizá, el mejor método para entender a una cultura. Es una herramienta valiosa y certera –quizá la mejor- para descubrir las profundidades de la historia, los recovecos de la política y los matices de la vida.

Los decires del Ecuador, los que usamos cada día, son una evidencia de que el mestizaje es cosa viva y no solo asunto de sociólogos; que el habla nativa penetró profundamente en el castellano conquistador; que el quechua sobrevive y prospera en multitud de términos y expresiones idiomáticas; que empleamos todavía un universo de giros inventados por el anónimo hablante, en tiempos remotos y épocas recientes. 


Una mínima reflexión sobre las expresiones idiomáticas permite rescatar, por ejemplo, la caricatura de poderosos e inquietos, cuando atrapados por las circunstancias, están “como diablo en botella”. Del novelero decimos que “anda como mono con huevo”.

De aquel a quien le fallaron los planes y se le arruinaron las certezas, con el dejo sarcástico que solo el pueblo sabe, se dice que “se quedó con los churos hechos”. Del ingrato que pasa como sombra solo para hacerse ver, dice la gente que su visita “duró lo que un perro en misa”. Hubo gobiernos a los que puede aplicarse semejante dicho.


Estamos llenos de expresiones decidoras, que describen modos de ser y situaciones de toda clase. Unas son retratos, otras caricaturas que encapsulan el sarcasmo irremediable que usa la gente, las más evocan personajes y situaciones. Así, del empapado por la lluvia, nos compadecemos y lamentamos que haya llegado “hecho sopa”.

Del sofoco de estos días, extrañamente calurosos, renegamos porque en el auto “sudamos como tapa de olla”. El fastidioso y persistente “molesta como mosco en sol”. El cabeza dura, tiene comportamientos de mula boliviana. El imprudente es tan cuidadoso como “elefante en cristalería”.

El despistado anda como “chagra en capital”. Y ahora que vienen tiempos de austeridad, habrá quienes se sientan “más pelados que pepa de guaba”. Algunos se quedarán “hecho churo”, calladitos y escondidos. ¿Ha visto usted al “burro en aguacero”, expresión suprema de resignación y paciencia?, ¿conoce al plantilla que es “puro buche y pluma”, o al que se quedó con el pie en el estribo, o a algún desesperado que “parece perro en canoa”?


En el habla popular hay de todo. Hace falta un inventario de los dichos que, además, debería generar la curiosidad suficiente para explorar su origen y conocer si nos llegaron con el viejo castellano, o si los inventamos, si son propios o si los compartimos con el vecindario latinoamericano, que, como el nuestro, es rico en giros, modismos y decires. En el habla popular está escondida la paradoja, la burla, la compasión, la rebeldía, o el simple talento para la caricatura.