Ivonne Guzmán

Lo que aprendí de Pablo Iglesias

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iguzman@elcomercio.org

Un domingo sin deberes (el 28 de septiembre) me colé en una entrevista con Pablo Iglesias, el carismático líder de Podemos –el movimiento político español que amenaza el monopolio electoral del PSOE y el PP–, que estuvo de paso por Quito y esto fue lo que aprendí.

La primera lección es que la palabra aguanta todo. Cuando uno goza de la elocuencia y el tono pausado de Pablo Iglesias es natural que cualquier cosa que se diga suene sensata.

Incluso cuando una pregunta tan concreta como si un relativo crecimiento económico justifica la merma de libertades es respondida con ejemplos sobre personas que pueden votar, pero que no tienen qué comer; o de pequeños grupos que monopolizan medios de comunicación y el derecho a la libertad de expresión; repuesta cuyo colofón es que unos liberales de su país (bastante torpes, a juzgar por la simpleza de su razonamiento) defienden por sobre todo su derecho a hacerse ricos y a no querer pagar impuestos.

Ya. Todo muy interesante, muy bien articulado. Pero ¿se deben canjear libertades por bienestar económico? Gracias a la solidez de su discurso, nunca sabré qué piensa sobre ese punto el muchacho que quizá no en mucho tiempo llegue a gobernar España.

En cambio lo que sí me quedó clarísimo es que las convicciones morales y religiosas de un Presidente obviamente determinan la vida, la salud pública y la dignidad de los millones que votaron por él y la de los millones que no lo hicieron también.

Como “el catolicismo y el cristianismo es transversal en América Latina –sostiene Iglesias–, tiene que ver con la izquierda y la derecha. Por eso hay progresistas que en tanto católicos y cristianos tienen una opinión sobre el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo que no es la misma que tienen otros progresistas”.

Hasta ahí, comprendido; pero ¿es legítimo que la moral del Mandatario interfiera en las decisiones de Estado? Vuelve a la carga la elocuencia del líder de Podemos: “Las convicciones morales de los mandatarios siempre influyen; es inevitable. Yo nunca tomaría una decisión que estuviera en contra de mis principios éticos. En cualquier caso, una mayoría de ecuatorianos piensa como piensa el Presidente. Eso quiere decir que uno no puede ignorar a su sociedad cuando está haciendo política”. Y vuelve a la carga mi cabeza dura: Pero en democracia las minorías no quedan desprotegidas, porque bajo esa lógica, si la mayoría quiere que matemos a todos los homosexuales, tendríamos que hacerlo, ¿no?

Pero lo más importante que aprendí de nuestros 50 minutos con 14 segundos de conversación es que la peor tragedia que le puede ocurrir a una persona inteligente es atarse a una ideología (cualquiera), porque desperdiciará su inconmensurable seso en justificar cualquier cosa que venga en el manual de la doctrina que profesa.